sábado, 19 de marzo de 2022

Ilusión de control

El mundo reabre como si nada. O como si poco. O como si las consecuencias hubieran de ser menos graves. Recuperamos incluso la vida nocturna, y los antiguos hábitos de viaje.



Estuve en Bletchley Park, el centro otrora secreto donde los Aliados descifraban códigos alemanes durante la GMII. Hoy es un museo.

Hay unos ladrillos con nombres de gente, y todos tienen la letra V (de Victoria, digo yo) en Morse.


Los anexos de la mansión están integrados un poco de aquella manera.

Hay una máquina Enigma que Alemania envió a Franco durante la Guerra Civil 36-39 para garantizar comunicaciones seguras con el Eje. Esta máquina operaba en las Islas Canarias.


Hay una sección del museo muy graciosa sobre el uso de palomas mensajeras en inteligencia.


También estuve en casa. Era Navidad pero parecía la Cúpula del Trueno.

Vestuario y utillaje en el Teatre el Ciervo en Sabadell.



Panaderías que escriben en fonética, con la ele catalana está velarizada como Dios manda.

Desde niño me ha fascinado el búho de Demoliciones Marcos. No sé quién pensó que era buena idea un búho, pero hay que reconocer que es cojonudo.

Cocodrilos de juguete como abuelos mirando unas obras o una demolición.


A la vuelta estuve en Londres. En la zona olímpica hay una torre-atalaya diseñada por Anish Kapoor que se llama Orbit. Es graciosa, tirando a fea, extrañamente sesentera.



Luego fui a Oxford, que es la hermana mayor de Cambridge.


El escultor que hizo las estatuas del Museo de Historia Natural de Oxford debía ser o muy caprichoso o un gran observador de carácter. Nada más hay que ver como Darwin cruza los pies.


Las esculturas de Degas tienen muy bien movimiento de piernas también, aunque se les haya dado menos prensa que a sus pinturas.




Había una exposición, precisamente también de Anish Kapoor, que tampoco era nada del otro jueves.


La pandemia ha creado un nuevo nicho en el lenguaje visual; los símbolos de los dispensadores de gel sanitario.  Ambos ejemplos resultan inesperadamente religiosos.





En Cambridge, el sitio de comida polaca por encargo tiene también su estilo propio.


















sábado, 2 de octubre de 2021

Lo inane, sin duda

Sacar la basura siempre es un incordio, y en este país, es uno de los peores tormentos cotidianos junto con el moho negro. El Reino Unido, horizontal, no tiene contenedores grandes públicos como en otros sitios. En cambio, cada residencia tiene los suyos. Si vives en una casa o algo parecido, tienes contenedores como los de aquí abajo, en todo esplendor satánico.



Ah, qué práctico, ¿verdad? Pues no. Uno tiene que acordarse de sacarlos a la calle para la recogida, en semanas alternas, de basura general y reciclaje, y luego volverlos a meter en casa al día siguiente.

Es decir, si por hache o por be uno no puede sacar el contenedor negro el martes que toca, se tiene que aguantar con un contenedor de basura lleno durante dos semanas.

Por fortuna este incordio cotidiano—y otros asociados como que quien sea pille tu contenedor de orgánica y te lo llene de baldosas rotas o plástico de burbujitas—se ha mitigado porque me mudado a un bloque de pisos que tiene recogida de basura colectiva.

Vamos, he ganado en otras cosas, pero si de algo me alegro es de haberme librado de esta relación de Sisífo con la basura.

Dedicarle tres párrafos a la basura (cuatro, con éste) es propio de estos tiempos de angustia y encierro, donde si tenemos suerte y no nos ha tocado ninguna desgracia, todo lo que tenemos que contar es doméstico e inane.

Hablando de inane, una cosa muy propia de este país son las quejas ridículas de los vecinos en los periódicos locales, seguramente exacerbadas por la demografía británica, que ha dado tantos y tantos diarios a poblaciones medianas. Esa demografía, junto a las actitudes de sus habitantes, lleva a señoras de clase media a devolver un pan de semillas al súper porque tenía demasiadas semillas y no era lo mismo que antes, y a quejarse de cualquier cosa en el diario local.

Este ternero, en cambio, está entretenídisimo leyendo sobre una mancha de pintura en la acera de nosequé pueblo.


El Reino Unido también se distingue por sus deportes raros y aburridos. Uno de los menos corrientes es el bolo césped, que pertenece al continuo de la de petanca. Como tendrá un perfil de jugador parecido al de la petanca (aunque sin boina calada y puro a medias), aquí hay una pista cubierta para que los señores puedan jugar si llueve. 



¿Qué andaba haciendo yo aquí? Desde luego no jugar a los bolos.


Durante el confinamiento, habían habilitado el recinto para vacunar a la gente, con la bendición de la reina.


Con mejores defensas, más posibilidad de salir y menos invierno, estuve paseando por Cambridge. Ésta es una de las calles más bonitas del centro.





Como el mundo iba reabriendo, pusieron una noria para que se subiera la gente.


Han estado haciendo eso de poner vacas de fibra de vidrio pintadas con diferentes temas. Alguien se dijo que pintar una vaca con diferentes razas británicas de ganado era una buena idea, y, llegado el momento crucial de determinar cómo se pintaban las ubres, no tuvo más remedio que decorarlas con una Union Jack, que es la Ikurriña que usan aquí. Aunque para ser justos, el tema de bandera y ubres ya lo habían establecido en los noventa.




No entiendo muy bien por qué, pero alguien dejó, a propósito o por accidente, un molde en forma de pescado delante de la puerta de mi casa. 


Aunque la idea de hacer un aspic terrorífico me tentaba, me acabé yendo a Londres a comer sardinas a la brasa. Fue la primera vez que salía de Cambridge desde septiembre.


Una vez casi completamente perdido el miedo a salir de casa, estuve en Glasgow unos días.



Hay museos de curiosidades e historia de la medicina. Aquí, un cráneo con carcinoma sifilítico.


Dos cochinillos en uno.




Y un jardín botánico muy aparente.


También estuve en York, la vieja. Y es tela de vieja. Una buena parte de la muralla está intacta y da para un buen paseo dominical.


Londres tampoco anda mal de sitios para pasear, a decir verdad. La iglesia de St Dunstan fue prácticamente derruida durante la GMII y ahora está reconvertida en ruina-jardín. Está siempre llena de posados de fotos de boda, de Instagram y de lo que presente.




Menos propicio a las fotopero al menos igual de interesantees el templo de Mitras.



Más fotogénica era esta expo sobre cinco cosas que le gustan a Marina Abramović. Y las cosas que le gustan son las Rosas de Jericó  (aunque por lo visto la variante que todas nuestras abuelas han tenido es de las Américas y poco tiene que ver con Cisjordania), los cristales, la Noche Estrellada de Van Gogh, un ensayo de Susan Sontag sobre el dolor ajeno y la fotografía de guerra, y una piedra que le trajeron de Marte.


La piedra de Marte propiamente dicha no estaba en la expo, pero había una grabación que enunciaba nombres de estrellas y una especie de jardín zen con unas bolas de metal.


Y por si se les desmadraba el jardín de tierra, un rastrillo y una escoba.

La idea de escoger cinco cosas que te gustan o te interesan mucho está bien. A decir verdad, es posible que ni la basura, ni los rastrillos, ni el ganado me interesen tanto. El carcinoma y los jardines botánicos, tal vez. Lo inane, sin duda, sí.

viernes, 2 de abril de 2021

Bestias míticas en desuso

Hace un año del principio del confinamiento. Durante el último año se ha abolido el tiempo. No me refiero al tiempo como magnitud física o perceptual, sino como magnitud moral. 

No es que tiempo haya dejado de ser importante; al contrario, hacemos poco más que contar días y semanas hasta tal fecha de cierre o tal reapertura. No obstante, devolver una llamada a las dos semanas, o un correo electrónico al mes y medio, ya ni merece empezar con una excusa por el retraso, porque el retraso ya no es tal.

Yo mismo me acojo a esa amnistía para escribir diez meses después de la última entrada. El retraso hace que se junten recuerdos del verano en familia y del invierno en Inglaterra.

Esto es un cuadro en la biblioteca de la Caixa de Sabadell, sacado en julio.


Y esto es un pingüino cantor en un centro comercial en Cambridge, en diciembre.


Digo yo que será a caso hecho, pero no me había dado cuenta de que el centro comercial de Glòries hace pensar en las letras de los estudios Pathé


Gran parte de Cambridge son adosados que se prestan a las decoraciones navideñas. Este pajarito sujeto con chinchetas a una verja estaba cargado de un dramatismo inesperado. Parece más bien una analogía de la semana santa.

Incluso pasadas las fiestas, quedan restos de esas decoraciones. Al flamenco, simpático e incongruente, que anuncia el restaurante italiano de al lado de casa, le dejaron puesta una estrella de David.





Antes fue verano.

Y luego ya no.
Hubo unos días de mucha, mucha niebla.




Parece que los cuervos tuvieron que ponerse de acuerdo para vigilar a esas gaviotas tan sospechosas, que bien poco pintaban tan relativamente lejos de la costa. Lo de lejos es un decir, porque la distancia máxima desde tierra firme a la costa en Gran Bretaña es de 113 km. Aquí estamos a unos setentaicinco.


Cambridge además se ha beneficiado históricamente de ser el punto navegable más interior  del río Cam, de ahí el nombre de la población. Si uno viera las armas de la ciudad con sus barcos e hipocampos, se pensaría que se trata de una ciudad portuaria con un museo naval desvencijado y un muelle con una escultura dedicada a algún corsario.


Pero bueno, de la heráldica puede uno fiarse lo justo.


En Cambridge descubrí la existencia de una criatura mitológica que no se prodiga mucho en el legendario, y solo esporádicamente en la heráldica británica. Se trata del eale, una especie de cabra monstruosa. El nombre en inglés es "yale", y a priori el nombre de la universidad no tiene ninguna relación, aunque sí que usen a la bestia en su heráldica.

Por mucho oro que le pongan no deja de ser un bicho bastante feo.


Más allá de la imaginería satánica y abrahámica, y alguna concesión como ganado lechero, no parece que nos tomemos a las cabras demasiado en serio. Parece ser que el destino de las cabras mitológicas sea el de convertirse en símbolos sin historia, como esta bestia heráldica o el famoso pero no muy conocido símbolo de Capricornio. Lo que sí que parece que hay que tomarse en serio son las ranas.



La serpiente solitaria de la vara de Asclepio y las dos serpientes de la vara de Hermes a veces se usan de forma indistinta. Yo lo veo bien; a fin de cuentas si una serpiente es medicina, por fuerza han de ser dos serpientes más medicina. 

En cualquier caso, a este muerto de la GMI, que además se llamaba Peregrino de apellido y era parte del cuerpo médico del ejército, lo tienen enterrado en el cementerio de delante de mi casa pero no acaban de tener claro bien-bien dónde lo han puesto al hombre. La lápida reza "enterrado en otro lugar de este cementerio", y no acabo de saber si es una excusa o un enigma: frío, frío, el muerto no está aquí.


Otro muerto que no está aquí pero casi es Diana de Gales. En Cambridge tiene un pequeño jardín-parterre-monumento donde los maceteros, grabados con el nombre y fechas de nacimiento y muerte de la princesa, parecen cachos de cemento sacados de un rompeolas. 

Tan inglés como echar de menos a Diana es esto de beber té. Este artefacto que casi me arrepiento de no haber comprado cuando tuve la ocasión, es un despertador que prepara una taza para que te despiertes. Parece un artilugio de Wallace y Gromit o de Franz de Copenhague.





Por lo demás, y como el resto del mundo, no hay más remedio que pasear. Hay que tener cuidado porque a veces no hay suelo.





Y hay que fijarse en el suelo, porque hay cosillas de una gente que hace casitas y otras cosas para sorprender al transeúnte. La de aquí abajo medirá un palmo y pico de alto.




La gente pone cosas en los alféizares, muchas veces son donaciones. Suele haber libros y cosas de menaje. Lo más llamativo que he visto es este cadalso para Barbies.



Y esta patata con ojicos. Lo más pequeño no sé que es. ¿piñas de ciprés?