lunes, 1 de junio de 2026

Cultura Material





Tropecé con la expresión cultura material en algún libro de texto hará al menos una década, y siempre me cayó simpática, porque nos hace prestar tanta atención a los objetos como las historias en las que nos hacen participar. 


En Navidad pasé por Madrid por motivos familiares, ya que aproveché para hacer una visita antes de ir a Barcelona. 

Antes de salir de Londres, en una hamburguesería del aeropuerto había un contenedor para volcar líquidos que estaba lleno de una sustancia sólida y parecía anhelar recibir cosas más fluidas que unos trozos grandes de hielo machacado.




Hacía mucho tiempo que no veía esos techos de Barajas.


Y otras cosas de la vida en la Villa y Corte, como las pegatinas en las farolas.




Ir en Madrid en Navidad implicaba ir a ver el logo de Schweppes del Día de la Bestia.


Pero claro, hacía muchísimo que no iba a Madrid, y no todo era como lo recordaba. 
Había un señor vestido de gorila con camisetas gigantes del Real Madrid. No me atreví a sacarle un vídeo pero daba mucho miedo.


También me sorprendió mucho ver carteles que prohibían entrar al recinto del metro con globos metálicos llenos de helio. Se conoce que tener objetos voladores altamente conductores conlleva riesgos en lugares electrificados.


Me llevaron a Buitrago de Lozoya, un pueblo histórico muy bonito de la Sierra, donde estaban montado un Belén viviente la mar de conseguido.


Ese pozo estaba junto a una iglesia, y solo su emplazamiento delataba lo mucho que daba el pego.


El nido de cigüeñas sí que era de verdad.


El nombre de esta plaza también era muy de verdad.


También cayó una visita al Museo Nacional de Ciencia y Tecnología.



Las Navidades pasaron sin mucha pena ni gloria, pero con muchos huevos de codorniz. 


Volviendo a Londres, una mujer hacía estiramientos contra una columna en El Prat.


Vivir cerca del Arsenal también implica estar expuesto a una curiosa cultura material, como todo lo que tiene que ver con el Deporte Rey. Este globo no podría entrar en el metro de Madrid, y eso me tranquiliza.


Si te bajas del metro a las ocho menos cuarto en Fulham Broadway, parece que la Segunda Guerra Mundial terminó hace apenas unos meses.



En el Museo de transporte, hay réplicas de antiguos omnibuses.


En el metro de Holborn hay un botón sospechoso al lado de un trampantojo de una columna.


En el jardín de mi vecino de abajo también se cuelan zorros.


En una exposición sobre arqueología informal en el Támesis, había tipos móviles de plomo de la fuente de letra de Dove Press, que fue arrojada al río por una rencilla entre los fundadores de la imprenta. 


También estuve en Toulouse, por otros motivos de familia. En el suelo de una iglesia había una serpiente en flagrante acto de tentación, un mosaico de lo más sandunguero.



Si los ingleses son célebres por el humor centrado en el understatement (decir poco de forma irónica para indicar mucho), aquí los franceses no se quedan cortos diciendo que Jesús es despojado de sus vestiduras, cuando lo más notable de esta escena de la Pasión es que sale decapitado. Eso es algo que no tocamos en Catequesis.


Estas baldosas votivas daban las gracias a Dios o la imagen de la Virgen en cuestión. Cuando alguien agradeció algo desde Saigón en 1934, todavía quedaban 20 años de ocupación francesa de Vietnam.



También le puse una vela a Santo Tomás de Aquino en el Convento de los Jacobinos.


Una silla de oficina naufragada en el Garona.


La mascota de Aeroscopia, el museo de aviación de Toulouse, es fea que te cagas.


Pero uno va al museo nada más que para comprar peluches de un murciélago (tuve que confirmar que no es un dragón de fiesta mayor) azul. Uno va a ver aviones.


Tienen cosas muy francesas.


Y cosas mucho menos francesas.



En una de esas visitas de trabajo a Estados Unidos, tan agotadoras como decepcionantes, tuve una segunda velada de minigolf con algunos amigos del trabajo. La gestora de proyectos, eficaz y dinámica, encontró el minigolf más prometedor de la zona.

Si hay una forma de cultura material que me fascina, es el minigolf. Siempre he de excusarme diciendo que se me da de pena, y que evidentemente ni me gusta jugar, pero pocas cosas me hacen tanta gracia como el universo cutre de los campos minigolf.

A veces un minigolf es una pequeña exposición universal con pabellones nacionales, a veces es un pequeño mundo de fantasía, a veces es un simple y honesto ejercicio de geometría deportiva. Y a veces es algo más marciano que ninguna de esas cosas.

Había un castillo con estética de los Pitufos.


Un dragón detallado y amenazador, digno de una portada de rock duro clásico.


Un dragón más chapucero con cara de ir puesto de algo y con una luz verde en la boca.


Una jirafa.


Un artefacto tiki.


Me dejo en el tintero fotos deslucidas del obligatorio molino, de un Big Ben tróspido (¿la gente ya no dice tróspido, verdad?), y por supuesto de una pagoda.

Donde también se acumula cultura material a diestro y siniestro es en el British Museum. Pasé un rato por la sección mesopotámica porque siempre hay algún relieve de un león para animarte el día.



Otro museo interesante al que no había ido era la casa museo de Leighton, el pintor. El hombre se hizo construir una sala con azulejos de Siria, y encargó unos frisos en Italia porque los techos le quedaban chatos.


Aquí un estudio de su obra más conocida, Flaming June.


Y aquí vemos una escultura de Jorge V del Reino Unido, que era calcadito a su primo  Nicolás II de Rusia.




Otro sitio al que le tenía muchas ganas era la Gran Logia Unida de Inglaterra, con su gran salón que celebra la obra del Gran Arquitecto.




Aquí está Helios conduciendo su carro solar.

Y aquí están Euclides y Pitágoras, triangulando que es gerundio. Hay que fijarse donde cae el guión de Pitág-oras, porque me duele la cabeza de pensar que las sílabas puedan separarse así. Hay fotos mejores que las mías en la cuenta de la logia.



Los masones están en todos sitios, incluso en la luna. Buzz Aldrin había sido francmasón, y en la logia de Londres tienen algo de su ajuar, incluyendo su delantal de la Tranquility Lodge 2000, que es la logia de la francmasonería tejana con sede en la luna. Espero que tengan un apartado de correos en Houston, que no queda tan a desmano.



Cerca de mi casa hay una zona de recreo infantil que anima a los futuros astronautas (y tal vez masones) a familiarizarse con los planetas.


Y otro contenedor ávido de líquidos espera al lechero, delante de la escuela católica del barrio.





 

domingo, 30 de noviembre de 2025

saleros, pomos de puerta

 




En mayo vinieron mi madre y mi tía a Londres. Fuimos a Kew Gardens, que es el jardín botánico grande de por aquí.



Por fortuna nadie iba en tacones.


Había una instalación de unas pantallas con un árbol. Tampoco hace falta irse por Baudrillard para decir que tiene telita que los visitantes repararan más en el árbol de la pantalla, pero aquí me hallo yo, poniendo en la pantalla la foto de la pantalla del árbol.

En mi barrio (y en buena parte de Londres) uno se encuentra zorros con facilidad en las horas crepusculares. Los zorros en Londres son como los mapaches de las urbes norteamericanas; más bonitos pero acaso algo menos carismáticos.


Con la cantidad de basura comestible, tampoco es sorprendente. 


Hablando de simulacro, fui a ver London Road, que es un musical que describe la vida de un barrio de las afueras, en Ipswich, durante y después de que se atrapara a un asesino en serie que mató a cinco mujeres. La obra sigue la vida de los vecinos, más que de las víctimas o del asesino. 

La obra es un musical textual, donde todas las canciones y citas están sacadas directamente de entrevistas a los vecinos, de la prensa, de actas de juicios o de reuniones vecinales.

Más que describir cómo el vecindario navega el miedo al saber que hay un asesino en el barrio, la obra describe como el miedo y la distancia hacia las víctimas terminan por vertebrar una organización vecinal que no existía.

Al ser una obra documental, la intención del autor se percibe en qué decide mostrar u omitir, pero la forma en la que los vecinos expresan miedo (las víctimas son mujeres del barrio), alivio (las víctimas solamente son prostitutas), distancia moral (las víctimas son putas a fin de cuentas) consigue provocar una incomodidad helada en la audiencia.

Incluso los propios vecinos admiten que sin haberse dado los asesinatos, no se habría creado una comunidad de vecinos que se organizaba para hacer fiestas y reuniones públicas, primero como lavado de cara, y después como genuinas expresiones de concordia. Aquí precisamente es la representación de la que realidad, con la distancia analítica que otorga haber convertido las citas en canciones, lo que resulta inquietante.

Parece que también hicieron una peli.




En el Tate Modern tenían una exposición de Leigh Bowery


Pero al lado, y sin saber muy bien a qué iba, había otra exposición flipante de un señor coreano que se llama Do Ho Suh. Había una sala donde había recreado, con precisión y rigor de tarado, todos los pomos de puerta, enchufes, interruptores y apliques de las casas en las que había vivido. Entre otros temas, el artista se ha dedicado a tratar la tensión entre itinerancia y pertenencia. He tenido esta exposición muy presente a medida que me daba cuenta de que ya había adquirido la memoria muscular para navegar mi domicilio actual a oscuras; dos peldaños, tres peldaños, a ese interruptor llego con la mano izquierda según la escalera hace rellano.





En algún momento tuve que ir a Estados Unidos por trabajo, para alguna cosa que era urgente y de vital importancia en julio y antes de agosto ya se había vuelto irrelevante. Pero como con los vuelos largos en curro nos deja ir en primera, me llevé este juego de salero y pimentero que te ponían en lugar de darte sobrecitos. 

Siguiendo con la temática del simulacro, son de plástico metalizado pero dan el pego; hasta que notas lo poco que pesan. Una lástima.



Más allá del antíclimax profesional y los saleros, lo que más recuerdo de ese viaje es acabar yendo a un minigolf 




Una cosa que me quedaba por hacer era ir al Shakespeare's globe, que es una reconstrucción del teatro en para el que Shakespeare había escrito. Fui a ver Las Alegres Comadres de Windsor, que para ser una comedia es bastante aburridilla. Nada que reprocharle a la producción, pero el texto da para lo que da. 





Una escultura a escala 1:1 de un perrazo en el Victoria&Albert.


Hice una visita breve a Cardiff, porque no había estado nunca. Y como suele pasar cuando uno viaja a lugares de clima infernal, a mí me hizo sol todo el fin de semanahasta el momento exacto de coger el tren de vuelta

En un Museo de Cosas tenían nautilos, y unos infográficos en galés sobre la creación del sistema solar.


En Cardiff también está el Muro Animal que rodea el castillo, una fantasía del XIX pero con ojos de vidrio  reparados más recientemente. 


Una iglesia con una ventana con el contorno de una baldosa barcelonesa.


Vista desde el amarradero.


Un conecta-4 enorme tirado por el suelo.


Ya en Londres, en mi barrio aparecían otras cosas tiradas por el suelo. Unos vecinos se mudaban y dejaban objetos de decoración en su lado de la acera, por si alguien los quería.


Siguiendo con los acontecimientos del último par de años (o de los últimos 75, según se mire), alguien había vandalizado una sandía.


También fui al concierto de Sleep, de Max Richter. Un concierto de ocho horas y media cuya entrada incluía una cama.





Tuve a los Lara-Adell en casa una semana. Fuimos al HMS Belfast (vamos, Barco-de-Su-Majestad Belfast), que es un barco-museo que data de los principios de la GMII y ahora está amarrado en el Támesis .





Luego estuve en una boda en Dublín. Por lo civil, pero en Irlanda, así que había una arpista en el edificio histórico del ayuntamiento. 


\

También pude ir a algunos museos en Dublín. En el Chester Beatty, hay una gran cantidad de obras escritas desde China a Oriente Próximo.



Y en los museos nacionales están los famosos cuerpos humanos de la Edad de Hierro preservados en turberas, como el Hombre de Croghan. A diferencia de otras cosas mencionadas aquí, esto es tan verdad que da vértigo.


En esas mismas turberas también se han encontrado bloques de mantequilla, que tal vez se guardaban allí como técnica de conservación.


Hice una visita otoñal a Barcelona.