Tropecé con la expresión cultura material en algún libro de texto hará al menos una década, y siempre me cayó simpática, aunque parece que nos haga pensar de forma dualista sobre los objetos que nos rodean versus las historias en las que nos hacen participar.
En Navidad pasé por Madrid por motivos familiares, ya que aproveché para hacer una visita antes de ir a Barcelona.
Antes de salir de Londres, en una hamburguesería del aeropuerto había un contenedor para volcar líquidos que estaba lleno de una sustancia sólida y parecía anhelar recibir cosas más fluidas que unos trozos grandes de hielo machacado.
Hacía mucho tiempo que no veía esos techos de Barajas.
Y otras cosas de la vida en la Villa y Corte, como las pegatinas en las farolas.
Ir en Madrid en Navidad implicaba ir a ver el logo de Schweppes del Día de la Bestia.
Pero claro, hacía muchísimo que no iba a Madrid, y no todo era como lo recordaba.
Había un señor vestido de gorila con camisetas gigantes del Real Madrid. No me atreví a sacarle un vídeo pero daba mucho miedo.
También me sorprendió mucho ver carteles que prohibían entrar al recinto del metro con globos metálicos llenos de helio. Se conoce que tener objetos voladores altamente conductores conlleva riesgos en lugares electrificados.
Me llevaron a Buitrago de Lozoya, un pueblo histórico muy bonito de la Sierra, donde estaban montado un Belén viviente la mar de conseguido.
Ese pozo estaba junto a una iglesia, y solo su emplazamiento delataba lo mucho que daba el pego.
El nido de cigüeñas sí que era de verdad.
El nombre de esta plaza también era muy de verdad.
También cayó una visita al Museo Nacional de Ciencia y Tecnología.
Las Navidades pasaron sin mucha pena ni gloria, pero con muchos huevos de codorniz.
Volviendo a Londres, una mujer hacía estiramientos contra una columna en El Prat.
Vivir cerca del Arsenal también implica estar expuesto a una curiosa cultura material, como todo lo que tiene que ver con el Deporte Rey. Este globo no podría entrar en el metro de Madrid, y eso me tranquiliza.
Si te bajas del metro a las ocho menos cuarto en Fulham Broadway, parece que la Segunda Guerra Mundial terminó hace apenas unos meses.
En el Museo de transporte, hay réplicas de antiguos omnibuses.
En el metro de Holborn hay un botón sospechoso al lado de un trampantojo de una columna.
En el jardín de mi vecino de abajo también se cuelan zorros.
En una exposición sobre arqueología informal en el Támesis, había tipos móviles de plomo de la fuente de letra de Dove Press, que fue arrojada al río por una rencilla entre los fundadores de la imprenta.
También estuve en Toulouse, por otros motivos de familia. En el suelo de una iglesia había una serpiente en flagrante acto de tentación, un mosaico de lo más sandunguero.
Si los ingleses son célebres por el humor centrado en el understatement (decir poco de forma irónica para indicar mucho), aquí los franceses no se quedan cortos diciendo que Jesús es despojado de sus vestiduras, cuando lo más notable de esta escena de la Pasión es que sale decapitado. Eso es algo que no tocamos en Catequesis.
Estas baldosas votivas daban las gracias a Dios o la imagen de la Virgen en cuestión. Cuando alguien agradeció algo desde Saigón en 1934, todavía quedaban 20 años de ocupación francesa de Vietnam.
También le puse una vela a Santo Tomás de Aquino en el Convento de los Jacobinos.
Una silla de oficina naufragada en el Garona.
La mascota de Aeroscopia, el museo de aviación de Toulouse, es fea que te cagas.
Pero uno va al museo nada más que para comprar peluches de un murciélago (tuve que confirmar que no es un dragón de fiesta mayor) azul. Uno va a ver aviones.
Tienen cosas muy francesas.
Y cosas mucho menos francesas.
En una de esas visitas de trabajo a Estados Unidos, tan agotadoras como decepcionantes, tuve una segunda velada de minigolf con algunos amigos del trabajo. La gestora de proyectos, eficaz y dinámica, encontró el minigolf más prometedor de la zona.
Si hay una forma de cultura material que me fascina, es el minigolf. Siempre he de excusarme diciendo que se me da de pena, y que evidentemente ni me gusta jugar, pero pocas cosas me hacen tanta gracia como el universo cutre de los campos minigolf.
A veces un minigolf es una pequeña exposición universal con pabellones nacionales, a veces es un pequeño mundo de fantasía, a veces es un simple y honesto ejercicio de geometría deportiva. Y a veces es algo más marciano que ninguna de esas cosas.
Había un castillo con estética de los Pitufos.
Un dragón detallado y amenazador, digno de una portada de rock duro clásico.
Un dragón más chapucero con cara de ir puesto de algo y con una luz verde en la boca.
Una jirafa.
Una fantasía tiki.
Me dejo en el tintero fotos deslucidas del obligatorio molino, de un Big Ben tróspido (¿la gente ya no dice tróspido, verdad?, y por supuesto de una pagoda.
Donde también se acumula cultura material a diestro y siniestro es en el British Museum. Pasé un rato por la sección mesopotámica porque siempre hay algún relieve de un león para animarte el día.
Otro museo interesante al que no había ido era la casa museo de Leighton, el pintor. El hombre se hizo construir una sala con azulejos de Siria, y encargó unos frisos en Italia porque los techos le quedaban chatos.
Aquí un estudio de su obra más conocida, Flaming June.
Y aquí vemos una escultura de Jorge V del Reino Unido, que era calcadito a su primo Nicolás II de Rusia.
Otro sitio al que le tenía muchas ganas era la Gran Logia Unida de Inglaterra, con su gran salón que celebra la obra del Gran Arquitecto.
Aquí está Helios conduciendo su carro solar.
Y aquí están Euclides y Pitágoras, triangulando que es gerundio. Hay que fijarse donde cae el guión de Pitág-oras, porque me duele la cabeza de pensar que las sílabas puedan separarse así. Hay fotos mejores que las mías en la cuenta de la logia.
Los masones están en todos sitios, incluso en la luna. Buzz Aldrin había sido francmasón, y en la logia de Londres tienen algo de su ajuar, incluyendo su delantal de la Tranquility Lodge 2000, que es la logia de la francmasonería tejana con sede en la luna. Espero que tengan un apartado de correos en Houston, que no queda tan a desmano.
Cerca de mi casa hay una zona de recreo infantil que anima a los futuros astronautas (y tal vez masones) a familiarizarse con los planetas.
Y otro contenedor ávido de líquidos espera al lechero, delante de la escuela católica del barrio.














































