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domingo, 28 de abril de 2024

Más impactante que un pollo de neón


Siendo finales de abril se me hace raro empezar con fotos de la Navidad anterior, pero hay unas cuantas cosas de las que vale la pena acordarse.

Primero, esta cabeza de peluche gigante en una tienda de segunda mano tipo Cruz Roja. No recuerdo el precio pero estaba en venta.



Algo menor pero tal vez más alucinante, un plátano muñeco de nieve de peluche comido de mugre debajo del puente de vías de al lado de casa en Londres.



Ya llegado a casa, tocaba comer. Hacía años que no sostenía una caja de polvorones y mantecados El Patriarca, y me llevé algo de chasco al darme cuenta de que era un patriarca griego y no gitano. Pregunté a más gente y puedo confirmar que hay un cierto efecto Mandela alrededor de la imagen (el icono!) de las cajas de El Patriarca y la etnia del patriarca en cuestión.


Llegó a mis manos un paquete de papel amarillo de carquinyolis de Sant Quintí de Mediona. Es un dulce al que le tengo mucho apego biográfico. 


En casa de Alba había unos limones muy fotogénicos.


Y un montón de sarmale. Los sarmale son la variante rumana de los rollos de col rellenos de carne y arroz. Estaban muy buenos, porque se los pasa una señora rumana.

Siempre que voy a casa intento comer pescado, pero en este bar de tapas no me atreví a pedir bacalao, por futurista y sideral que lo hagan.

Por la calle, asadura de muñeca.

En Can Anglada, en Terrassa, una fachada con un plato de Camarón, una anáfora equívoca de la caja de polvorones.


Una furgoneta de reparto de agua embotellada anunciaba los tipos de servicios y aplicaciones de su agua. Lo de "agua para cruceros" me parece algo optimista, pero no tan optimista como lo de "acero para los barcos" que decía mi abuelo Manolo al sacar bíceps.

Una exposición sobre cine y espionaje.

Incluso unos disquetes franceses con secretos de defensa. Me hizo pensar en mis tres o cuatro reuniones con la Direction Genérale de l'Armement cuando vivía en París. 


Ya en Londres, pasó una carroza fúnebre con lo que creo que era una bandera palestina encima del féretro. Los conductores eran jóvenes,  y estoy casi seguro de que era algún tipo de cosa artística o de protesta por lo que viene pasando desde octubre.



Por motivos parecidos, daba pena ver esa sandía partida.

Comer en exceso se puede hacer aunque no sea Navidad. Preparándome para una mudanza propia, fui a echar una tarde a IKEA para ayudar a una mudanza ajena.


Donde hay material de decoración que no está en venta pero sirve de muestrario es God's Own Junkyard, una galería de luces de neón en el norte de Londres.




Tal vez menos elaborado pero igual de impactante es el letrero luminoso de una tienda de pollo frito de cerca de mi casa. Por mucho que los gallos estén asociados al alba, lo de luz solar ("sunlight") no lo acabo de entender.



Más impactantes que un pollo de neón, unos pelícanos de verdad en St James Park.



Cosas útiles, abandonadas debajo de un puente. Una carretilla y un cepo.




Delante del momento del Kindertransport hay un McDonald's. 

Al lado de mi casa hay un restaurante tailandés que tiene una cultura material propia. Propia y muy suya. El sitio tiene cosas de Tailandia, cosa que se entiende, como por ejemplo muebles de madera maciza con monedas y billetes de todo el mundo debajo del vidrio porque imagino que representan prosperidad. También hay muchas figuritas de temática gatuna, y los cojines de todas las mesas son de tela estampada de tigre o leopardo. Además de eso, añaden decoración estacional cuando toca. Y tocaba porque era Pascua.


La temática gatuna continuaba en una exposición sobre la monería en Somerset House.


La exposición explicaba cómo se había establecido el lenguaje visual de lo mono, desde niños rechonchos en postales victorianas hasta llegar a Hello Kitty; y cómo desde hacía se podía usar ese mismo lenguaje visual para hacer más dirigible productos o entidades más antipáticos.


Una lata de aceite de motor de Agip en colaboración con Hello Kitty.




Otro ejemplo es el peluche mascota de OxyContin, una marca registrada de oxicodona.




En otra exposición, esta vez de William Blake,  con su interpretación del Laocoonte: [Jehová] y sus dos hijos, Satanás y Adán, tal como fueron copiados de los Querubines del Templo de Salomón por tres rodios y aplicados a un hecho natural o la historia de Ilión. El arte degradado, la imaginación negada, la guerra gobernó a las naciones.



Y finalmente, en una sobre John Singer Sargent y cómo pintaba la indumentaria de sus sujetos. Habían conseguido algunos de los vestidos originales, como este vestido de Lady Macbeth de una otra de teatro que relucía porque estaba cubierto de élitros de escarabajo verde.


O la jarretera representada en este cuadro tan rimbombante.


Vamos, la jarretera de la Orden de la Susodicha.





En un cementerio de Brompton, una lápida muy informativa ilustra cómo se murió, vamos, cómo se mató, el enterrado que tiene debajo.





Pero vaya, tampoco hace falta ir a museos para ver cosas medio mona, estremecedoras o preocupantes. En una cadena de grandes superficies de ferretería, había una serie de cestos que evocaban el hocico de un zorro con los ojos cerrados. Así envueltos en plástico, parecían Laura Palmer.


¿Qué hacía yo en una gran superficie de ferretería?  Pues como iba diciendo antes de de los últimos tres cambios de tema, me estaba preparando para una mudanza propia.

Resulta que me he comprado un piso en Londres. No diré que sin comerlo ni beberlo, porque los procesos de compraventa de vivienda en Inglaterra son un viacrucis que implica abogados por el lado del vendedor y del comprador, y no suele tardar menos de 20 semanas.

De las cosas graciosas de todo este asunto puedo resaltar: que los vendedores, una holandesa y un inglés con dos críos, se han ido a vivir a Girona; y que las llaves de la casa nueva, una vez terminada la transacción, me las dio mi vecina actual por encima de la pared del balcón porque sin saberlo hasta el último momento, era amiga de los vendedores y se las dejaron a ella antes de irse de Londres. Aquí el momento en que la vecina que tengo ahora me dio las llaves del piso al que me voy.

A cambio le di un conejo de Pascua de chocolate que no me había comido.


Unas horas después, una celebración protagonizada por un schnitzel, que es como en estos sitios llaman a la escalopa milanesa.



miércoles, 27 de noviembre de 2013

segunda ciudad

En tres años y pico viviendo en Dinamarca todavía no había ido a Aarhus. Aarhus (o Århus) es la segunda mayor ciudad danesa, con la friolera de ~250.000 habitantes. Es la capital de Jutlandia, la parte continental de Dinamarca.


Pero Matthias, de quien he hablado en ocasiones anteriores, está unos meses trabajando ahí, así que fui a verle. Resultaba gracioso ir en plan turista a Aarhus, que tiene el tamaño de cualquier ciudad cutronga del cinturón industrial de Barcelona, cuando hace pocos días me quejaba de lo prosaico que es ir al Vallès de vacaciones.

Lo primero que ve uno al salir de la estación central es un letrero de neón publicitario del Jyllands-Posten (conocido internacionalmente como el diario que publicó los cómics de Mahoma en el 2005), que vendría a ser como El Mundo a la danesa. Es un contraste simpático con Politiken, el equivalente danés a El País, que se encuentra al lado de la estación central de Copenhague. Es como si la ciudad tuviera que informarte, nada más llegar, que esto es provincia y las cosas van distintas, que la gente es más conservadora pero desde luego más cortés.


Este fin de semana se tenía que batir precisamente delante de la estación central de Aarhus el récord mundial de la mayor hamburguesa. La plaza estaba llena de gente.


Estaba realmente abarrotada. No pudimos ver nada, sólo una hamburguesa gigante pero hinchable, muy impresionante, eso sí. Matthias llevaba una caja de cartón que no era suya porque nos habíamos encontrado Correos cerrado.


Y es que en los países guiris todo cierra prontísimo, hay que estar muy al loro. Y más pasado El Cambio Horario Malo, porque se hace tarde en seguida. En Aarhus tienen un museo de arte que se llama ARoS, coronado por un pasillo circular diseñado por Ólaffur Elíasson, un danoislandés convertido en artista institucional de ambos países que hace cosas entre la instalación, el land art y el diseño gráfico. Pues a ese museo hay que ir tempranito para que te cunda la visita al piso superior, porque si hace mal día no tiene gracia.


Pero nos cundió la visita.



La estructura se llama Your Rainbow Panorama y permite ver la ciudad con el filtro de color que impone cada pared.  Si la luz que la atraviesa es suficientemente fuerte, cae un haz de colores sobre unas viviendas y una plaza.



El resto del museo no es gran cosa. Las artes plásticas danesas han ido siempre rezagadas, o más bien han sido siempre una variante algo atrasada y un pelín derivativa de lo que hubiera estado pasando en Europa. Los remedos de arte francés de principios de s. XX son para morirse. Con todo, hay excepciones, como este San Jorge de Olaf Rude, que por mucho que sea la incursión rusista del pintor, es muy majo.


Una de las colecciones temporales mostraba trabajos artísticos de la reina Margarita II y su consorte, el príncipe Enrique. La reina había hecho grabados para la edición danesa de El Señor de los Anillos, bonitos y algo sosos, pero también paisajes, mucho decoupage pasado de vueltas y hábitos y vestiduras para obispos daneses. Éste parecía de la peli de Flash Gordon.


Arte monárquico, no ya a favor de los monarcas sino hecho por ellos mismos; los estados-nación son la polla a veces. Pero bueno, no hay que enfadarse con los museos institucionalizantes de las ciudades de provincias, porque hay arte en todos sitios; como este trenecito-eléctrico-en-un-libro-de-resina-decoración-navideña-en-pleno-noviembre tan simpático que había en un café.


O en la decoración navideña también algo adelantada de esta tienda de ropa de excursionista (y armería) donde entramos a curiosear.



Los señuelos no estaban decorados pero también tenían su aquél.



Incluso este candidato de un partido neocón bastante chungo a las elecciones municipales de la semana pasada  tenía su gracia, prometiendo que iba a parar nosequé juego de pistas ("caza del tesoro" en danés) en la política local.



Nos dimos prisa para ir a ver la puesta de sol al puerto. Al llegar nos acordamos de que el puerto miraba hacia el este, así que nos conformamos, encantados, con el reflejo rosa en el cielo y en el agua.


El lunes por la mañana volvía a Copenhague en ferry. Los ferrys aquí son algo aparatosos con esto de embarcar y desembarcar desde un autobús o un tren, y huelen a moqueta y a puesto de salchichas, pero hacen el viaje más grato. Ésta es la vista saliendo del puerto de Aarhus.


Y esta es la vista desde mi mesa en el ferry, mirando el menú. 


Los desayunos de bufet libre de los ferrys tienen tela. Los huevos revueltos, tan amarillos y tan tiesos, en particular, dan bastante cosa. Pero en los ferrys daneses además hay platos llenos de esto, vibrando con la marcha del barco.


La cosa esta es sky. Es una gelatina salada que se hace con caldo o extracto de carne y se usa para añadir sabor a los embutidos comidos sobre pan de centeno. Se parece a la gelatina que rodea algunas veces el jamón cocido o la cabeza de jabalí, o que sirve de sustento a un aspic, pero puesta a conciencia encima.

Realmente me gusta mucho ir en ferry.