Después de una semana checa de cursos interesantes, networking (que es el término técnico para tomar cervezas. con la gente de la profesión de uno) y café espantoso, tenía una pequeña escala en Múnich de un par de días. Tras cinco agradables horas en autobús campo a través, llegaba a la estación central.
Lo primero que se tiene que hacer siempre al llegar es tomarse una cervezota, y pude asomar el hocico por la cervecería más conocida de la ciudad (y por extensión, de Alemania, supongo), el Hofbräuhaus am Platzl , que no es la cervecería donde se organizaban golpes de estado, pero el sitio tiene su historia y su interés.
Múnich se parece a Copenhague en esto de ser una ciudad rica y provinciana convencida de su capitalidad, aunque tiene sin duda más brilli-brilli y menos saber estar hanseático. Hay algo de catetez hidalga santanderina o donostiarra. Se ve que son católicos, vaya.
Una de las cosas más impresionantes de esta ciudad, aparte de los jardines y palacios reales, es el Monumento a Michael Jackson.
Muestro aquí los cuatro lados del mismo.
El monumento además es algo reaprovechado. Las fotos y flores están pegadas al pie de un monumento a un poeta histórico que se llama Roland o algo así, ahora eclipsado por la memoria del Rey del Pop. Como se ve, es un momumento erigido (vamos, encolado) por los fans del cantante y no por ningún estamento, y en él se distingue el amor por el detalle propio de quien hace las cosas con devoción, como las torres Eiffel de palillos o las claras montadas a mano. Vean, si no, la escobilla y el recogedor.
Y claro, a sólo dos horas en tren de Neuschwanstein, cómo puede uno abstenerse? Esto son los Alpes, vistos desde el pueblecito más cercano al castillo, donde para el tren.
Y esto es un lago helado y cubierto de nieve.
El castillo, o lo que se pudo acabar de él, es impresionante, un poco para mal, o para algo entre muy bien y muy mal, que vendría esa sensación de vértigo, incredulidad y placer terrible ante lo kitsch. Los pasillos de una zona son románicos con un algo monástico de irlandés, el dormitorio es una fantasía gótica como el Jorobado de Notre Dame de Disney y la sala del trono es de un estilo bizantino reinterpretado con la gama de colores de las revistas de los Testigos de Jehová. Por desgracia no me dejaron sacar fotos del interior, así que hay que conformarse con las vistas exteriores, andamio inclusive.
Y con esto se cierra mi breve contacto con Baviera, su pijerío y su patrimonio. Sirva de muestra este último botón (de polito).