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lunes, 23 de enero de 2017

Las tres grandes bestias y el perro de cuentas



Si La Menor Intención ha de devenir una página esporádica de visitas a museos, que así sea. La semana pasada fui al Museo de la Caza y la Naturaleza con Peter, un amigo danés y a pesar de ello vegetariano y que a pesar de lo segundo propuso ir él mismo cuando vino a verme.

El museo de por sí es una de esas colecciones privadas venidas a más, inicialmente con más voluntad de gabinete de curiosidades o de casa burguesa decorada que ni siquiera de colección de trofeos. Eso lo hace de alguna forma una versión heterodoxa de otros museos de cosas que empiezan siempre con una sala antropohistórica con ejes cronológicos. Este museo está organizado alrededor de las tres grandes bestias de la caza centroeuropea, a saber, el ciervo, el jabalí y el lobo. El resto de cosas parecen añadidos.


O al menos ésa era la base del museo, pero juraría que en algún cambio de manos tuvieron la suerte de dar con un conservador que pone mucho de su parte. Además de tener una sala para exposiciones temporales contemporáneas y clásicas que tratan sobre todo de la caza o el animal, hay un cierto esfuerzo en hacer la colección accesible al público profano.

En la sección de carabinas y armas de fuego históricas (de las que no he hecho fotos porque estaban todas bajo vitrina) había una carabina hecha torcida a propósito porque el propietario era tuerto, u otra cuyo cañón se había hecho con el cuadro de una bicicleta en Marruecos.

Bichos disecados no faltan, eso sí.



En cada una de las salas de las tres grandes bestias hay una especie de mueble que te muestra su cráneo, sus heces, su pisada, alguna representación artística y algún artefacto asociado a su caza. Ese collar con pinchos, por ejemplo, se le ponía a los perros que acosaban a los lobos para evitar que éstos los mataran.



El museo también cuenta con la pavorosa Sala de los Búhos.



Y con una colección permanente de cuadros que tiene algunas joyitas, por encima y más allá de retratos de perros de caza, bodegones de perdices y paisajes con ciervos a contraluz.







Una sección curiosa un montón de reclamos para pájaros históricos, típicamente hechos a partir de cualquier instrumento que pudiera contener aire y alguna suerte de boquilla. Algunos se parecen más a algún instrumento de viento, mientras que otros son literalmente un embudo pegado a un porrón. Cada uno viene indicado con el nombre de la especie en nomenclatura binomial, por si uno tiene ganas de saber a qué suena esa especie de instrumento de diálisis manual.





Además, en el rincón más inesperado del museo, hay cosas como esta, que nos acercan a representaciones artesanas de los animales, distantes del arte de academia.



No todo en las colecciones temporales es pintura. Hay videoarte, instalación, lo que uno quiera, vamos.


Y este sapo desconfiado inspecciona a los visitantes al salir.






miércoles, 15 de mayo de 2013

Noruega y IV : Bergen

Ha sido muy agradable estar disfrutando de la familiaridad de Carla, con quien a lo tonto ya he viajado bastante, y de poner conocer un poco mejor a Cristina, a quien en realidad conocía poco más allá de nuestro trato como compañeros de clase (y de algo de intercambio epistolar), y de poder conocer a José en absoluto, de quien sólo tenía referencias.



Pero después de estos días en Gjøvik en tan buena compañía (y sorprendido de lo bien que estuvimos, teniendo en cuenta lo difícil que puede ser viajar con amigos) tocaba encaminarme al norte y reunirme de nuevo con Carla en Bergen.


El viaje en tren de Oslo a Bergen está considerado como algo de interés turístico, porque se ve que después de ocho horas de paisaje acaba uno henchido de orgullo nacional. El tren pasa por pueblos como Gol.

Y va subiendo y subiendo hasta llegar a sitios como Geilo y Myrdal, que estaban completamente sepultados por la nieve a mediados de abril.


Con la nieve resplandeciendo fuera, la sección infantil del tren también era algo kubrickiana.


Después de ocho horas de viaje, llegaba a Bergen. Al volver al nivel del mar cesó la nieve y sólo hacía un tiempo regulero. 

En un paseo estuve delante de una mercería donde vendían muchos arreos para bordar. Esta cosa en el escaparate me hizo acordarme de la Eulogia de Damien Hirst que vimos en Oslo.


Tenía que entretenerme mientras Carla trabajaba.  Paseando, llegué a Håkonshallen, que había sido el palacio real noruego cuando la capital estaba en Bergen, allá por el s. XIII.




Y pasé por Bryggen, la vista más conocida de Bergen, el antiguo embarcadero de los mercaderes hanseáticos.


Para ser justos tengo que decir que Bergen sí me parece más bonita que Oslo.



Los noruegos sacan orgullo nacional del paisaje. Pero no sólo del paisaje. También tienen un recordatorio de la llegada de los vikingos al Nuevo Mundo. Las otras tres caras del cubo tienen otras escenas épicas de la memoria noruega que no supe interpretar.





El salmón es muy bueno, y estuvimos cocinando mucho. Algo fuera también comí. 
Raspeballer, por ejemplo. Vienen a ser algo parecido a los Knödel pero servidas con mantequilla derretida con bacon frito dentro, de lo más salubre, y algo de cordero salado y luego cocido. Me las comí tan a gusto pero después la digestión fue de órdago. En los súpers también las venden precocinadas con este aspecto tan tentador.


El día que había mercado de productos artesanos tuvo que caer una hamburguesa de ciervo. La mostaza normal y corriente de los fast foods en noruega está riquísima, por cierto.



Muchas imágenes corporativas nórdicas parecen heredadas de la RDA, no sólo el aspecto de los polideportivos cavernícolas. Mi refresco favorito danés parece producido en Rostock en los 70 y estas latas de fuagrás son pura ostalgie.


Estuvo haciendo unos días mierdosos toda la semana menos, afortunadamente, el sábado. Carla me llevó a Fløyen, una de las montañas que rodean Bergen, a la que se puede subir en teleférico. Ésta es la vista del vecindario de Carla desde Fløyen.


Y ésto es algo del bosque sobre Fløyen.


Aquí, un troll de espaldas.





A la vuelta, tuvimos un descanso en un café cuqui de esos a los que van las chicas de dos en dos a hacer punto o los deberes de francés.





Y rematamos la tarde paseando por Nordnes, el cabo que se ve desde lo alto de Fløyen.


'



Alguien había pintado caritas en esta señal de tráfico, pero nos pusimos algo tristes al ver que la que estaba cayendo y con peor cara parecía la península ibérica.





El domingo era mi último día en Bergen, y la ciudad se despedía dándome aquello de lo que más presume: un tiempo de mierda. Pero nuestro plan era ir de museos así que, ajustándonos la capucha del chubasquero, estuvimos en los museos de Bergen, que tienen entrada integrada como si de un autobús se tratara.


En Dinamarca el Romanticismo pegó muy fuerte, y muchas veces, henchidos de orgullo nacional, sobredimensionaban los paisajes para que los cuadros inspiraran la reverencia que las modestas islas calcáreas danesas no conseguían transmitir.



En Noruega no les hacía falta recurir a este tipo de trucos, pero sí que necesitaban autojustificarse continuamente. La última separación de Noruega de otro país fue en 1905, de Suecia. Esta constante necesidad de querer saberse algo motivó cuadros como El fuerte de Vardøhus, de Peder Balke, que me parece cojonudo.


Otro tema usual en la pintura nórdica es la pérdida y la ausencia. Este cuadro se llamaba algo así como Mala Noticia. En la pinacoteca de Copenhague hay muchos cuadros que representan temas como familias de pescadores mirando con ansia hacia el mar a la espera de que vuelvan sus padres, hijos y esposos, o funerales de niños, o dos campesinos desenterrando el cadáver de una niña asesinada, o incluso las habitaciones vacías de Hammershøj.


Terminamos la visita en la sección moderna donde tienen las exposiciones personanentes. Había un piano roto,


 flores boca abajo,


y una instalación muy bonita de Takashi Murakami, a la que uno podía acercase regular.




Para despedirnos, en un rinconcito por encima de la sala para niños había este armadillo hecho con un cinturón. En noruego (y en danés y en alemán y me figuro que en holandés) el armadillo se llama algo que significa animal+cinturón.


Y con la sonrisa tonta a causa del armadillo todavía en los labios, Carla me acompañó al autobús del aeropuerto.

Addendum: Me quedé sin ir al Museo de la Lepra, no porque no quisiera o porque la pirómana que había estado pegándole fuego a los edificios históricos de Bergen hubiera tenido mucho éxito, sino porque todavía no hacían horarios de verano.

jueves, 10 de mayo de 2012

La mort i la primavera



"A l'atra banda del riu vaig deixar la pudor de la fulla menjada d'eruga i vaig trobar l'olor de les glicines i la pudor dels fems. La mort i la primavera. I vaig caure estirat a terra amb el cor buit de sang i les mans gelades."
 
Parece una antítesis lo que da título a esta novela. Cómo va a ser la primavera adecuada para significar la muerte? Pues lo es. La primera trae el primer calor, que trae el deshielo, y el deshielo es un apacible cambio de estado hacia algo menos,  el livor mortis del paisaje.



Es decir, una muerte pequeña y continua. Sigue haciendo frío pero aún así, todo se pudre antes. En primavera también se hace la gran limpieza general de las casas, y es cuando la gente tira los trastos que llevaban por allí desde noviembre, golpea las alfombras, compra cosas para quitar la cal de los grifos. Este reno murió poco después de Navidad en casa de algunos de mis vecinos y no supieron qué hacer con el cadáver hasta que se había terminado el deshielo.


Aprovechando la festividad del uno de mayo, estuve en este ritual primaveral reemplazado por un día de reivindicación reemplazado por una reunión alcóholica de estudiantes de secundaria (con patrocinio de los partidos políticos de izquierda) que es la celebración del día del trabajo en Copenhague, en un parque. Además de stands de partidos y de sindicatos, de paraditas de comida y vendedores de globos, había una parada de la agrupación de amigos de Corea del Norte en Dinamarca. No me atreví a hacer fotos de la gente, pero tenían una pinta importante de majaderos. Pero majaderos de pro, no como los humanistas apolillados de la conferencia de esperanto que hicieron en mi facultad el verano pasado.



Siguiendo con las manifestaciones primaverales de la muerte (y Corea del Norte un día de mayo es una buen ejemplo), estuve en los museos de cosas que dependen del Ministerio de Defensa. Primero el museo del ejército de tierra, que tiene una impresionante colección de cañones.


Y después el museo de la marina, con trozos de barcos con teclados de colores y más cañones.


Alguien había pegaba carteles en la calle para informarnos de que había perdido un perrito que se llamaba Chuck. Pero la foto estaba hecha desde un ángulo tan desafortunado que el pobre Chuck parece más bien un trofeo de caza y no un perrito vivo, tal vez perdido, a quien alguien pueda echar de menos. De nuevo, la muerte colándose en nuestros asuntos, como cuando nos sacan una foto con flash y salimos pálidos y con los ojos cerrados.


Pensando en trofeos de caza, y siguiendo los pasos de la muerte, su representación accidental o consciente y su presencia secular, fui al museo de zoología a ver una exposición temporal sobre arañas. Este ornitorrinco posado sobre un yin-yang verde y azul, parece que acabe de llegarnos de una peli de ciencia ficción de los sesenta en una cápsula de teleportación.


También me hace pensar en esos juegos de parchís que tienen los dados metidos en una esfera con un muelle, que permite tirar los dados encerrados dentro de ella sin perderlos.

En el museo hay otros juegos de mesa, como este complejo juego de estrategia al que unos niños estaban jugando. Me parece que, a pesar de las dos medias quijadas que su contrincante había colocado, la niña ganadora pudo poner su trozo de mandíbula detrás del cuerno. No sé si es muy fácil entender los movimientos de este juego, pero tampoco he entendido nunca por qué el backgammon está hecho a base de triángulos. Ni como se da jaque mate a algo que ya está muerto.


Procedí hasta la salida, pero en la sala donde están algunos de los restos paleontolǵicos, me puse algo nostálgico al ver este gliptodonte. De niño tenía un libro (creo que puede estar en casa de mi tía Montse) de poemas sobre animales. Claro que cuando yo tenía diez años el libro era de poesías, no de poemas. Recuerdo que había una sobre una tortuga, una sobre un yacaré ("ojos con luz de quinqué", rimaba consonante) , una sobre una pantera y otra sobre un gliptodonte.



El poema (ahora ya poema porque lo recuerdo como adulto) hablaba sobre la tristeza y la soledad del esqueleto de un gliptodonte en un museo. Decía algo así como:

"[...]
El gliptodonte, sí
el gliptodonte del museo de historia natural
necesita que vayas a verle los domingos
con tu amigo, tu hermano y tu papá
[...] "

No fui con ningún miembro de mi familia, pero sí con unas cuantas amistades. Estuvimos mirando cómo nos habría sentado ser un caballo muerto. Yo creo que me va bastante bien con la camisa (que me ha encogido bastante, ahora que me fijo).