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sábado, 8 de junio de 2013

No lo busquéis más

En verano se recuerdan más los sueños, y aquí en el norte mucho más, porque la luz estival se cuela, blanca y acerada, por las rendijas del estor (yo sí tengo cortinas, una rareza por estos lares) y nos corta el sueño.


Esta semana ha venido sembrada, desde soñar con Carla y Muntsa emperifolladísimas en una fiesta celebrada en casa de Norma Duval donde una de ellas traía un elefante de peluche de dos por dos por dos metros y donde se hacía bullabesa en una bañera, al sueño de esta mañana.

Parece que yo estaba asociado en algún grupo de señores con gabardina y fedora que se dedicaban, como todos los señores con gabardina y fedora, al crimen organizado. Teníamos un falso despacho con una falsa secretaria con rebeca nacarada de manga tres cuartos y falda rodillera de color salmón. Los teléfonos eran de color verde oliva y tenían el cable helicoidal, así que supongo que estábamos en el pasado.

Tres o cuatro de mis asociados llevaban una bolsa industrial de plástico y claro, dentro había un cuerpo inconsciente o muerto. Resultó estar inconsciente porque, después de depositarlo encima de una mesa, le clavaron un cuchillo de monte en el torso y le aplastaron la cabeza con algo. Luego abrieron la bolsa.

Algo ensangrentado, pero el cadáver era fácil de reconocer. Llevaba un gorro de lana y un jersey de rayas blancas y rojas. Y, mientras que el resto estábamos hechos de carne, su piel tenía una no-textura lisa y sin sombras, como si fuera un dibujo.


No lo busquéis más. Parece que lo han matado y yo he sido cómplice. 

viernes, 27 de julio de 2012

Islandia o la imposibilidad de una opinión II


 « Puede que lo que más me haya gustado haya sido una sensación; la de caminar encima del musgo en los campos de lava y notar como te hundes unos centímetros a causa de su espesor. ¿Pero es legítimo para una evaluación de tipo turístico que lo que más te haya gustado haya sido una sensación y no un objeto en sí? 
Sí, sí, vale, ulteriormente sólo tenemos nociones de los objetos a través de nuestras sensaciones, pero me temo que se espera que uno responda un lugar y no algo tan puñetero y nominalista.

Pero no puede ser sólo un lugar a secas. Ha de ser algo con nombre y, a poder ser, con historia, con alguna evidencia de humanidad. Incluso Snæfelsjökull, un volcán con un glaciar en el cráter, recibe más visitas porque es por donde se meten los protagonistas de Viaje al Centro de la Tierra de Julio Verne.»


«La playa esta, no obstante, no tiene nada de narrable. Decir "vi una playa preciosa con piedras negras" tiene poco interés, es demasiado poco humano. No se puede empatizar. Los no geólogos preferimos ver un menhir con una placa fechándolo que una cordillera nevada de belleza inaprehensible. Pero siguiendo un par de kilómetros hacia el este, siguiendo la costa, se encuentra este faro amarillo.




Ah, un faro. Mucho mejor, un faro siempre es muy alegórico. El faro hace pensar a la vez en los hombres en tierra y en los que están en el mar, los últimos navegando hacia los primeros amparados por la visión de una señal luminosa. Un faro otorga significado al paisaje, lo narrativiza casi tanto como una mención de Julio Verne o, para el caso, de Joseph Conrad. Y éste además es amarillo, casi naranja.»

El faro avisa de la presencia de un acantilado. El acantilado está lleno de nidos de aves marinas, y en el pasado había sido un lugar para forrajear huevos, descolgándose con cuerdas por el escarpe. Ahora está prohibido hacerlo, así que me quedé sin robarle huevos a los frailecillos.

Pero para resarcirme, comí frailecillo propiamente dicho. El frailecillo es uno de los animales más bonitos del mundo. Su carne no está mal, aunque este plato parezcan jirones de hígado.


Pero el animal homeotermo que más se come en Islandia es el cordero. En la cafetería del lado de Gullfoss me tomé, además de un bagel bastante horrible, un tazón de sopa de cordero muy literal (cebolla,puerro, zanahoria y cordero) y muy decente.


Y en el Bónus, el supermercado barato islandés (ojito a la imagen corporativa con ese cerdo-hucha tan lúbrico), encontré la versión islandesa de mi fiambre danés favorito, en este caso hecha de cordero, mucho más consistente y algo más sosa.



Y es que cualquier pasto islandés tiene cuatro ovejas por ahí.

Éstas estaban echando la tarde cerca de Snæfellsjökull, el día antes de irme. Volví a la península de Snæfellsnes por una conversación con unos australianos en un bar.

— Mañana queremos ir a ver Snæfellsjökull. Vente si quieres, queda sitio en el coche.
— Gracias, pero ayer ya estuve. Es muy bonito. No pude subir del todo pero se ve la nieve desde la ladera.
— Es que además se conoce que hay un cadáver de ballena varada en una playa de cerca de Olafsvik y pensábamos en ir a verla.   
 — Pues si no os importa que cambie de opinión, me apunto.



Y al día siguiente me reuní con ellos. Hicimos alto en una gasolinera. Habían decorado las ventanas con jarras termo llenas de cucuruchos de helado de esos que se reblandecen pronto y tienen un regusto raro. Dentro de cada cuchurucho había una flor.

Y paramos a comer en el restaurante de Olafvsik. Una sopa de espárragos algo ingrata y unas albóndigas de pescado sorprendentemente buenas. En otro par de sitios pude comer bastante buen bacalao. Delante del restaurante, en un parterre, hay una vérterbra y dos costillas de ballena. 

Y siguiendo un cartel en el cruce de un camino de tierra, encontramos la ballena varada.


«¿Y si se trata de esto? ¿Podría ser esto mi cosa favorita de Islandia? Una ballena es un animal muy grande, verlo muerto en una playa llena de algas ha de ser algo poderoso y poético, algo con lo que se pueda empatizar. Además la muerte se entiende más que un paisaje; como tema pictórico al menos.




 Una ballena varada es lo opuesto a un faro. Es algo más efímero pero debe de tener una magnitud parecida. Una edificación o el cadáver de un mamífero son cosas más cercanas, menos ajenas a nuestras dimensiones y nuestra temporalidad.





Esto está muy bien. Creo que me gusta. Pero no sé yo si gustar puede significar provocar interés clínico. ¿Qué tipo de ballena será? El vientre y el morro están destrozados , pero creo que es una ballena dentada de algún tipo.» 

No olía tan mal como esperaba. Algo de lectura de prensa confirmó que era un cachalote que llevaba unos tres meses en la playa.


Al volver a casa de Fabio, Luis y él ya se habían ido de acampada unos días. En la habitación me esperaba el mapa geológico de Islandia, acaso riéndose de mi incapacidad de tener opiniones.


— No te amargues, hombre. Le pasa a mucha gente.
— ¿Cómo? — Desde luego no esperaba la condescendencia de un mapa de colores.
— Sí, si le preguntas a Fabio él mismo te dirá que su experiencia en Islandia, mucho más larga e informado que la tuya, sigue resistiéndose a ser articulada en palabras.
 — ¿En serio? Yo sólo me siento capaz de experimentar una admiración apolar, primitiva.
 — No romantices. Eso de "primitivo" es un decir. Hace falta tener un neocórtex para experimentar esa sensación vacía de contenido afectivo. O eso o Parkinson. Parkinson no tienes, no?
 — No creo, no.  — Es muy difícil darse cuenta cuando la voz telepática y monocorde de un mapa geológico se está riendo de ti.
 — Mira, tú tranquilo. Cuando te pregunten, dile a la gente que te ha gustado mucho Gullfoss. Modestia aparte, es una cascada que está muy bien, y es un lugar conocido, así que pertenece al consenso comercial de lo que se ha establecido como atracción turística. Sales del paso y puedes permanecer íntimamente perplejo.
 

 — Lo había estado pensando. Pero no sería verdad del todo. ¿No te importa eso?
 — A mí me da igual. Soy una tierra indiferente a los hombres, os dejo vivir aquí pero voy haciendo mis cosas. No soy uno de esos paises pusilánimes como Panamá u Holanda, tan pendientes de lo que queráis hacerles, tan dispuestos a dejarse mangonear.  Tú di eso y a otra cosa.
 — Er... bueno, vale. Pues entonces Gullfoss es lo que más me gusta.
 — Dilo un poco más convencido. Si no, no te va a creer ni Dios. 
 — Gullfoss es lo que más me gusta de Islandia.
 — Ay... —Juraría que el mapa suspiró resignado —Mira, vale. Ah, y no te olvides de sacar un par de fotos al baño de Fabio. Hay unos monetes de un dibujante de comic islandés en la puerta, y una tapa curiosa en la cisterna. Eso tiene su gracia también.


Tras unos cuantos días de vuelta en Copenhague, miro las fotos arriba y abajo y sigo experimentando la misma inaprehensión, como si volviera a casa después de tocar la piedra negra de la Kaaaba en la Meca, y en lugar de sentir la voluntad del Profeta, hubiera cobrado consciencia de los límites de mi fe. Y es que así como el Islam prohibe la idolatría, no adoramos a la piedra en sí, sino a Mahoma a través de ella y a Alá a través de él. 

Así que si alguien vuelve de Islandia y os cuenta, enfático, que si tal volcán, que si tal cascada, que si no sé qué fumarolas, es que ha estado ensayando antes de hablar con vosotros para no dejar entrever su incapacidad de opinar, acaso dejándose avasallar por los consejos pragmáticos de un mapa algo socarrón.

jueves, 31 de mayo de 2012

Pulgar I: las ciudades y los muertos

Cuando pasan muchas cosas de golpe durante varios días, todo se junta en la memoria como si intentarámos pasar la esquina de una revista pensando que hay una animación definida y sólo viéramos fogonazos de anuncios y articulos inconexos que se nos deslizan por la yema del pulgar.


Pero alguna de las cosas de que han pasado en los últimos diez días son más fáciles de recordar que otras, porque incluso las páginas de la memoria vienen numeradas. El otro día cumplí los treinta, y como no tenía tiempo ni ganas de barrer como para organizar una fiesta en casa, fuimos a tomar a algo a algún sitio con césped. Cumplir años tan cerca del fin de curso (y de Eurovisión) suele dificultarme organizar nada, pero parecía que los treinta eran imperativos de celebrar.

Un poco por chiste, y bastante porque el sitio es bonito, nos reunimos en uno de los mayores cementerios de por aquí, que tiene secciones musulmana, católica, e incluso para los muertos ingleses o alemanes (separados) de la GMII. Justamente en la sección alemana pasamos la tarde. En cada lápida hay dos nombres. Si es un hombre, se lista su oficio (generalmente, su posición en el ejército). Si es una mujer, su nombre a secas.


Curiosamente, no todo son soldados. Hay, en la subsección donde estábamos, casi la misma cantidad (unos cuatro mil) de soldados y de refugiados, que acabaron enterrados juntos, en un gesto de amable indiferencia voluntaria.




Mi modesta contribución al evento fue una caja de vino (seducido en buena medida por la marca y la buena relación cantidad/precio). De hecho cuando un varón cumple los treinta y está soltero en Dinamarca se le llama pebersvend, algo así como mozo de pimienta, que viene de los comerciantes itinerantes de la época hanseática. Hay un cuento de Andersen que se llama El gorro de dormir del corredor de pimienta en español. 

Lo normal es que, en estas circunstancias, a alguien le regalen un molinillo de pimienta (que no recibí, por cierto). Pero he encontrado variantes de este tipo de rito de paso que unifican, de una forma muy danesa en el peor de los sentidos, el cine Dogma más cabrón y los videos de Jackass más idiotas.


Aunque si yo sólo proporcionaba el vino y la excusa, unos cuantos se lucieron en su contribución. Marek, que sabe mucho de ciencia, hizo un pastel que estaba hecho de nueces y calorías en estado puro obtenidas en el CERN. Mis colegas del departamento (Sigrid, Magdalena y Anders) hicieron dos tartas de nata y grosellas con una vela intelectual como la de Susanna en su día. 



Pues eso, que muy bien.
Y con estas cosas se nos va pasando el tiempo.




jueves, 10 de mayo de 2012

La mort i la primavera



"A l'atra banda del riu vaig deixar la pudor de la fulla menjada d'eruga i vaig trobar l'olor de les glicines i la pudor dels fems. La mort i la primavera. I vaig caure estirat a terra amb el cor buit de sang i les mans gelades."
 
Parece una antítesis lo que da título a esta novela. Cómo va a ser la primavera adecuada para significar la muerte? Pues lo es. La primera trae el primer calor, que trae el deshielo, y el deshielo es un apacible cambio de estado hacia algo menos,  el livor mortis del paisaje.



Es decir, una muerte pequeña y continua. Sigue haciendo frío pero aún así, todo se pudre antes. En primavera también se hace la gran limpieza general de las casas, y es cuando la gente tira los trastos que llevaban por allí desde noviembre, golpea las alfombras, compra cosas para quitar la cal de los grifos. Este reno murió poco después de Navidad en casa de algunos de mis vecinos y no supieron qué hacer con el cadáver hasta que se había terminado el deshielo.


Aprovechando la festividad del uno de mayo, estuve en este ritual primaveral reemplazado por un día de reivindicación reemplazado por una reunión alcóholica de estudiantes de secundaria (con patrocinio de los partidos políticos de izquierda) que es la celebración del día del trabajo en Copenhague, en un parque. Además de stands de partidos y de sindicatos, de paraditas de comida y vendedores de globos, había una parada de la agrupación de amigos de Corea del Norte en Dinamarca. No me atreví a hacer fotos de la gente, pero tenían una pinta importante de majaderos. Pero majaderos de pro, no como los humanistas apolillados de la conferencia de esperanto que hicieron en mi facultad el verano pasado.



Siguiendo con las manifestaciones primaverales de la muerte (y Corea del Norte un día de mayo es una buen ejemplo), estuve en los museos de cosas que dependen del Ministerio de Defensa. Primero el museo del ejército de tierra, que tiene una impresionante colección de cañones.


Y después el museo de la marina, con trozos de barcos con teclados de colores y más cañones.


Alguien había pegaba carteles en la calle para informarnos de que había perdido un perrito que se llamaba Chuck. Pero la foto estaba hecha desde un ángulo tan desafortunado que el pobre Chuck parece más bien un trofeo de caza y no un perrito vivo, tal vez perdido, a quien alguien pueda echar de menos. De nuevo, la muerte colándose en nuestros asuntos, como cuando nos sacan una foto con flash y salimos pálidos y con los ojos cerrados.


Pensando en trofeos de caza, y siguiendo los pasos de la muerte, su representación accidental o consciente y su presencia secular, fui al museo de zoología a ver una exposición temporal sobre arañas. Este ornitorrinco posado sobre un yin-yang verde y azul, parece que acabe de llegarnos de una peli de ciencia ficción de los sesenta en una cápsula de teleportación.


También me hace pensar en esos juegos de parchís que tienen los dados metidos en una esfera con un muelle, que permite tirar los dados encerrados dentro de ella sin perderlos.

En el museo hay otros juegos de mesa, como este complejo juego de estrategia al que unos niños estaban jugando. Me parece que, a pesar de las dos medias quijadas que su contrincante había colocado, la niña ganadora pudo poner su trozo de mandíbula detrás del cuerno. No sé si es muy fácil entender los movimientos de este juego, pero tampoco he entendido nunca por qué el backgammon está hecho a base de triángulos. Ni como se da jaque mate a algo que ya está muerto.


Procedí hasta la salida, pero en la sala donde están algunos de los restos paleontolǵicos, me puse algo nostálgico al ver este gliptodonte. De niño tenía un libro (creo que puede estar en casa de mi tía Montse) de poemas sobre animales. Claro que cuando yo tenía diez años el libro era de poesías, no de poemas. Recuerdo que había una sobre una tortuga, una sobre un yacaré ("ojos con luz de quinqué", rimaba consonante) , una sobre una pantera y otra sobre un gliptodonte.



El poema (ahora ya poema porque lo recuerdo como adulto) hablaba sobre la tristeza y la soledad del esqueleto de un gliptodonte en un museo. Decía algo así como:

"[...]
El gliptodonte, sí
el gliptodonte del museo de historia natural
necesita que vayas a verle los domingos
con tu amigo, tu hermano y tu papá
[...] "

No fui con ningún miembro de mi familia, pero sí con unas cuantas amistades. Estuvimos mirando cómo nos habría sentado ser un caballo muerto. Yo creo que me va bastante bien con la camisa (que me ha encogido bastante, ahora que me fijo).
 


domingo, 12 de junio de 2011

braille, esperanto e higos que no son higos



El cálido y bendito verano del que hablaba Andersen parece consistir en un abanico estrecho de opciones climáticas que oscilan entre un bochorno tibio como de tarde en la piscina y un biruji para llevar rebequita, con chubascos ocasionales. Lo más característico es sin duda la luz, una luz blanca que viene de todos lados y convierte las salidas para airearse en domingos de resaca en paseos hiperrealistas donde todo es algo raro, como las fotos de los calendarios o las marcas de vasos húmedos en las mesas de vidrio.

Me he obligado a salir de casa prometiéndome un café si llegaba a la pinacoteca nacional. He llegado y me he tomado los dos tercios de café que he conseguido no tirar al suelo del bar del museo. Han vuelto a abrir la exposición permanente de arte danés y nórdico e.g. del s. XVIII en adelantem, que es el plato fuerte del museo. Ha valido la pena entrar a curiosear aunque no tuviera muchas ganas de andar porque han reorganizado las secciones y han puesto obras que no había visto, como un cuadro precioso de un tal Ejnar Nielsen de una chica ciega leyendo un libro en braille y una marina nocturna de Friedrich. También he visto a una pareja de turistas chinos pedirle un autógrafo a Pierce Brosnan, que se lo ha firmado muy campechanamente. Estará de vacaciones porque iba sin teñir. En persona y con esas canas, parece el Julio Iglesias de una realidad alternativa. También hay una sección nueva de arte francés del s. XX, bastante marujil.

Me he encaminado a por algo de comer, y por la calle, he visto lo que pensaba que era una urraca comiéndose un higo o cualquier fruta borde de árbol de carretera que fuera blanda, oscura por fuera y roja por dentro. Ha levantado el vuelo al acercarme y he visto que se trataba de un polluelo crecidito y desventrado, tal vez de paloma. Me he quedado perplejo, doblado en ángulo recto, mirando durante varios segundos al polluelo o lo que quedaba de él. Una turista me ha mirado con lo que he imaginado que era diversión y aprensión simultáneas, y yo he titubeado, fingido no darme cuenta y proseguido hacia la pizzería. Por la calle había muchos carteles de cursos de esperanto.

Fig 1. Los higos tienen este aspecto.


La pizzería en cuestión es un sitio regentado por italianos, que también son hiperrealistas. Parecen italianos como sacados de un chiste: uno calvo, cachas-gordo ,con perilla y delantal blanco, uno pequeño y nervudo con tatuajes talegueros y dientes serrados, él último alto y atlético con melena ondulada y aceitada hacia atrás y un aire agitanado, con cadena al cuello y camiseta negra de canalé, todos tremendamente kinkis y vocingleros. Les dicen cosas subidas de tono a las chicas con un danés en el que parece que se fuerzan a hablar con más acento del que tienen. Se come barato y rico, tengo que ir más.

Mi pizza de champiñones y yo nos hemos ido al parque a que uno se comiera a la otra. Me he sentado en un banco frente al lago y ha aparecido una yanki turista pelirroja que parecía Mia Farrow tanto por el aspecto como por la forma de hablar y ha iniciado una conversación (a pesar de que yo estaba con los cascos puestos escuchando Pau Riba) conmigo, que ha desembocado en la-conversación-de-siempre:


- Bla bla bla.
- Bla bla bla.
- Ah, pues no pareces español. Pensaba que serías de aquí.
- Ya. En realidad me deportaron porque no pertenecía a la raza. Estoy exiliado.


La chica me ha mirado con el estupor triste de cuando te enteras de que se ha muerto alguien muy joven. Le he tenido que explicar que era un chiste y que lo sentía, que no parecía haber funcionado muy bien. Se ha ido con unos rusos con los que viajaba. Yo he tirado un trozo de borde de pizza a una paloma y un gorrión muy vivaracho se lo ha robado driblando con agilidad mientras la paloma, más torpe y pesada, trataba en vano de recuperarlo.

He sacudido la cabeza y he pensado que estaban siendo unas tres horas rarísimas. He vuelto a casa y me voy a volver a acostar en nada. La culpa es de la luz, de Pau Riba y de las canas de Pierce Brosnan.

viernes, 25 de marzo de 2011

Ayer hubo un simulacro de incendio. El encargado de evacuar las salas se olvidó de la mía, de manera que tanto yo como un becario que se llama Bjørn murimos calcinados. No nos habríamos enterado de que estábamos muertos si Ramazan, el hombre de la limpieza, no hubiera venido y me hubiera dicho:

- Il n'y a personne!

El hombre es turco, no habla nada de inglés pero tiene ciudadanía belga por haber vivido un tiempo allí, de manera que cuando tiene que comunicarse con la gente del departamento lo hace con los que buenamente chapurreamos algo de francés (hay quien habla como Dios manda, yo no paso del Je t'aime, moi non plus). Salí del despacho y efectivamente ví que el resto de salas estaban vacías.

Cuando los compañeros subieron, lloraron risueñamente nuestra pérdida y la encargada de seguridad dijo "Bueno, no está mal cometer errores porque seguro que así, si se pega fuego, no se nos olvidará avisar a todo el mundo". Pues mire usted qué bien, pero yo ya he sido devorado por las llamas una vez, oiga.

De hecho, el tipo a quien le había tocado llevar la evacuación es el profe a quien asisto en las clases. Se excusó por lo que yo sigo considerando homicidio negligente diciendo que era una muestra de la poca amabilidad danesa hacia los extranjeros. Cosa que puede ser cierta, especialmente si esos extranjeros son de países islámicos.

Pero al margen de dejarnos morir, en la universidad no nos tratan mal del todo. Hay algunas actividades organizadas para informar y entretener al personal internacional de investigación, desde sesiones informativas sobre la declaración de la renta (me sale a cobrar, me dan unos veinte euros) a otras actividades más lúdicas.

Ayer por la tarde, por ejemplo, uno de los catedráticos de Derecho, un señor muy simpático con zapatos muy feos, nos dio una visita guiada al edificio antiguo de la universidad, con sus esculturas neoclásicas y sus escenas de la historia intelectual danesa (Jacobo I de Inglaterra visitando al astrónomo Tycho Brahe, una brigada de estudiantes en el asedio sueco a Copenhague en el s. XVII) ... y con su pequeña mazmorra. Por lo visto, la universidad había tenido su propia jurisdicción y podían enchironar a los estudiantes pendencieros que bebían demasiado o se metían en peleas. Ahora la mazmorra es un pasillo que da a un comedor en un semisótano.