Y siguiendo con el efecto invocación, se me manchó de leche este libro cuando pedí un café en el avión.
Y éste otro libro era el que vino después (pura casualidad, era lo único de bolsillo que tenía a mano al hacer la maleta). Aquí lo vemos con mis gafas nuevas. Me hacían mucha falta. Los ópticos de Sabadell a los que voy son amigos de la familia, y siempre me dan recuerdos. Me parece gracioso ser parroquiano de una óptica, de puro cegato.
Si las circunstancias se adecuan a lo que voy leyendo, me preocupa pensar qué me pasará ahora que acabo de empezar Diarios de las Estrellas, de Stanislaw Lem. Con lo mal que llevo los aeropuertos, no quiero imaginarme facturando para ir a Betelgeuse.