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miércoles, 16 de febrero de 2011

Dando clases en Guatepeor

Hoy se cumple medio año de mi llegada a Copenhague.
Anoche soñé que era profe en una escuela unitaria en Guatemala. Me parece que yo era un señor mayor y con pinta de explorador tarado, como un Miguel de la Cuadra-Salcedo esmirriado y puesto de hayahuasca o el tío Matt de Fraggle Rock.

Recuerdo que me apartaba un par de pájaros que me revoloteaban alrededor de un manotazo y le decía a mi perro, que se paseaba conmigo por los pasillos de la escuela, sombría y con las puertas pintadas de azul, todas entreabiertas:

- Claro, tú ya estás acostumbrado a los pájaros que se te comen las moscas, porque estás cubierto de moscas!

Era un perro feo y simpático, de color churro tostado (o más bien de color chucho, claro!) y tirando a maltrecho. Parecía un albornoz marrón cosido a bayonetazos. Pero muy majo. Se llamaba Perro. Es gracioso que en un sueño mío hubiera un perro simpático, con el miedo que me han dado a mí siempre. Cierto es que también ando algo enmendado.

Me parece que lo de ser profe en Guatemala tiene que ver con que mañana empiezo a serlo aquí: estoy de asistente en una asignatura y me toca dar tres horillas de clase sobre estas cosas que hacemos de coger letras y sacar números. Aterrorizado, vamos.

jueves, 28 de octubre de 2010

El Himalaya está a un tiro de piedra

Hoy he soñado que iba en coche al Himalaya desde Barcelona. No es la primera vez que sueño con el Himalaya y algún medio de transporte: una vez soñé que podías llegar con la L1 del metro, después de Fondo, aunque tardabas un rato largo y había baches.

Íbamos con unos cuantos que seguramente eran amigos míos porque claro, al Himalaya en coche no te vas con cualquiera. Como nos pillaba de camino, hacíamos la ruta de los cátaros, que consistía en una serie de catacumbas. Terminábamos saliendo por una cloaca que había devenido un río subterráneo. El coche era blanco, un coche-caja tipo Volvo.

El Himalaya, por lo visto, está a pie de una plaza cuadrada muy grande y muy turística, tan turística que se ha desvirtuado, o mejor dicho, revirtuado. A uno de los lados está la ladera de la montaña propiamente dicha, por el lado opuesto hay un pequeño secarral a lo western con cactus y bolas rodantes, y otro de los lados tiene un enorme restaurante chino de tres plantas. Efectivamente, la Plaza del Himalaya es Port Aventura. Ah, y había una banda andina con zampoñas y amplificadores con mucho reverb. Ahora que lo pienso, es posible que el Himalaya esté pegado a Tiananmen.

Mi padre me llamaba por teléfono:

- Sí, si, tengo cobertura. Tú me oyes bien? Yo te oigo robot. Bien. Hemos estado en el sur de Francia y luego aquí. Pues de momento no me está gustando mucho, está muy explotado turísticamente. Y a esta hora hay mucho resol y me da en toda la cara. Sí, sí, te llamo a la vuelta. Qué? Ah, tres días ida, tres días vuelta. Un beso, recuerdos.

Al volver a Copenhague, le decía a mi compañera de despacho (con la que me llevo mejor, hemos roto progresivamente el hielo porque ambos leemos tebeos pero que me sigue resultando brusca de narices) que el viaje había estado regular, aunque estaba contento porque viajar con amigos puede ser una catástrofe y la verdad, muy bien, no habíamos tenido conflictos ni reyertas tontas.