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sábado, 3 de diciembre de 2011

Lo que yo hago sí es difícil

A pesar de no encontrarme hoy muy bien, he ido a nadar con Sigrid, una colega (en ambos sentidos) de la universidad. Tenemos el propósito de ir a nadar al menos una vez por semana , y de momento llevamos tres sin saltárnoslo. La idea es ir los jueves, pero no pudimos ir éste así que lo pasamos al sábado. Generalmente vamos a la piscina de al lado de la oficina, pero hoy hemos cambiado y hemos ido a la que está cerca de mi casa.

Al salir del vestuario, una vez ya nadado, duchado y vestido, no encontraba la moneda de diez coronas de la taquilla. Maldiciendo mi mala cabeza, he deshecho la bolsa, me he hurgado los bolsillos, me he quitado las botas de agua (hoy ha hecho un día de perros), he aflojado el nudo de la bufanda y finalmente me he puesto en la postura del indio que escucha las vías del tren para ver si se había caido al suelo. Todo en vano. Me he incorporado y, cuando me disponía a irme, un señor mayor me ha preguntado que qué buscaba, y yo le he dicho que una moneda de diez coronas, el señor me ha preguntado de donde era y yo le he dicho de dónde soy, retrocediendo medio pasio hacia la puerta.

Pensaba que se trataba de un pervertido pero no, era mucho mejor, era un majadero. Me ha explicado que era nacido en Argelia, que llevaba treinta años viviendo en Dinamarca y que era lingüista jubilado. Le he comentado que yo también, más o menos, pero sin jubilar, y entonces ha perdido el control al ver que podía hablarme de sus cosas y me ha pegado un rollo enorme sobre la belleza de la lingüística histórica, y sobre su pasión por el protosemítico y el indoeuropeo. Todo esto en el umbral de la puerta de los vestuarios. El hombre estaba vestido, se llama Abdel y sostenía un peine. Sus años en la academia le han dado el don de soliloquiar monocordemente manteniendo un férreo contacto ocular con su víctima, y yo no me atrevía a zafarme o a interrumpir por miedo a despertar su indignación. Por fortuna ha tenido que hacer una pausa para resollar y yo le he dicho que me tenía que ir, pero le ha dado tiempo de preguntarme que qué hacía yo. Se lo he comentado brevemente tratando de no darle cancha y ha sentenciado, con un gesto de peine:

- La semántica es fácil. Lo que yo hago si que es difícil.

Horas más tarde, en un bar del barrio, un desconocido me ha explicado, en inglés, su interés por la filosofía gnóstica, y cómo había alternado el estudio de la cábala con el sufismo. Luego me ha explicado que Blade Runner está cargada de simbología cabalisticognóstica, ya que los replicantes que no recuerdan que lo son son una analogía del propio ser humano hecho de barro y condenado a la mortalidad por un demiurgo (en este caso el señor de la Tyrell corporation). Incluso decía que había algo simbólico en el hecho de que los replicantes malos de la historia fueran rubios y los buenos, morenos; además de un poco de mito de la caverna y de referencias al Árbol de la Vida. Ha mencionado el unicornio de Blade Runner para pasar a hablarme de Lewis Carroll, que se conoce que también era gnóstico y masón. Esta gente es muy apropiacionista, por mucho que Philip K. Dick le fuera lo místico. He pagado y me he ido, acordándome con tibios escalofríos de Hildegard, esa señora vidente del tren de Hamburgo.


Al llegar a casa, me he quitado la gorra y ha caido una monera de diez coronas que se había escondido en un doblez del forro. He dejado la moneda encima de una mesa, he ido al súper y he comprado papel higiénico, dos bombillas de ahorro y una de esas jarras eléctricas que se usan para hervir agua. Creo me voy a empollar las instrucciones de la jarra y saldré a la calle a darle la brasa a la gente con ellas.

viernes, 25 de marzo de 2011

Ayer hubo un simulacro de incendio. El encargado de evacuar las salas se olvidó de la mía, de manera que tanto yo como un becario que se llama Bjørn murimos calcinados. No nos habríamos enterado de que estábamos muertos si Ramazan, el hombre de la limpieza, no hubiera venido y me hubiera dicho:

- Il n'y a personne!

El hombre es turco, no habla nada de inglés pero tiene ciudadanía belga por haber vivido un tiempo allí, de manera que cuando tiene que comunicarse con la gente del departamento lo hace con los que buenamente chapurreamos algo de francés (hay quien habla como Dios manda, yo no paso del Je t'aime, moi non plus). Salí del despacho y efectivamente ví que el resto de salas estaban vacías.

Cuando los compañeros subieron, lloraron risueñamente nuestra pérdida y la encargada de seguridad dijo "Bueno, no está mal cometer errores porque seguro que así, si se pega fuego, no se nos olvidará avisar a todo el mundo". Pues mire usted qué bien, pero yo ya he sido devorado por las llamas una vez, oiga.

De hecho, el tipo a quien le había tocado llevar la evacuación es el profe a quien asisto en las clases. Se excusó por lo que yo sigo considerando homicidio negligente diciendo que era una muestra de la poca amabilidad danesa hacia los extranjeros. Cosa que puede ser cierta, especialmente si esos extranjeros son de países islámicos.

Pero al margen de dejarnos morir, en la universidad no nos tratan mal del todo. Hay algunas actividades organizadas para informar y entretener al personal internacional de investigación, desde sesiones informativas sobre la declaración de la renta (me sale a cobrar, me dan unos veinte euros) a otras actividades más lúdicas.

Ayer por la tarde, por ejemplo, uno de los catedráticos de Derecho, un señor muy simpático con zapatos muy feos, nos dio una visita guiada al edificio antiguo de la universidad, con sus esculturas neoclásicas y sus escenas de la historia intelectual danesa (Jacobo I de Inglaterra visitando al astrónomo Tycho Brahe, una brigada de estudiantes en el asedio sueco a Copenhague en el s. XVII) ... y con su pequeña mazmorra. Por lo visto, la universidad había tenido su propia jurisdicción y podían enchironar a los estudiantes pendencieros que bebían demasiado o se metían en peleas. Ahora la mazmorra es un pasillo que da a un comedor en un semisótano.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Dando clases en Guatepeor

Hoy se cumple medio año de mi llegada a Copenhague.
Anoche soñé que era profe en una escuela unitaria en Guatemala. Me parece que yo era un señor mayor y con pinta de explorador tarado, como un Miguel de la Cuadra-Salcedo esmirriado y puesto de hayahuasca o el tío Matt de Fraggle Rock.

Recuerdo que me apartaba un par de pájaros que me revoloteaban alrededor de un manotazo y le decía a mi perro, que se paseaba conmigo por los pasillos de la escuela, sombría y con las puertas pintadas de azul, todas entreabiertas:

- Claro, tú ya estás acostumbrado a los pájaros que se te comen las moscas, porque estás cubierto de moscas!

Era un perro feo y simpático, de color churro tostado (o más bien de color chucho, claro!) y tirando a maltrecho. Parecía un albornoz marrón cosido a bayonetazos. Pero muy majo. Se llamaba Perro. Es gracioso que en un sueño mío hubiera un perro simpático, con el miedo que me han dado a mí siempre. Cierto es que también ando algo enmendado.

Me parece que lo de ser profe en Guatemala tiene que ver con que mañana empiezo a serlo aquí: estoy de asistente en una asignatura y me toca dar tres horillas de clase sobre estas cosas que hacemos de coger letras y sacar números. Aterrorizado, vamos.