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sábado, 29 de junio de 2013

Normalmente la gente se besa



Anna y Miquel se han casado. Bueno, Miquel y Anna se han casado. Esto de citarlos por un orden en concreto es difícil porque al ser amigo de ambos, no puedo comprometerme con un orden que indica por lo general, afinidad o predilección.



Aunque hay una forma más fácil de decirlo: los padres de Pol se han casado. Y ellos parecen encantados con que su ojiplático vástago les robe el protagonismo del todo.


Bueno, también estaban el Juanca y Mas. Si no de cuerpo al menos presentes de espíritu.


Después de lo de firmar y eso, nos fuimos a la calle Olof Palme, donde nos esperaban los bocadillos y unas especie de quiches individuales que Anna hizo.


Cuando se prometieron, dijeron que nada de ceremonia ni de convite, porque son maravillosamente poco dados al paripé. A los amigos nos parecía regular que no hicieran nada que pareciese una celebración, y finalmente, sin cometer ninguna ostentación ridícula, organizaron algo que satisfacía todas las formalidades sin exceso de formalidad. Por no faltar, no faltó ni lluvia.


Hablando de lluvia, yo había consumido mi derecho moral a vacaciones este Abril en Noruega, así que pude ir poco más que un fin de semana largo. En el aeropuerto de Copenhague se acumulaban las botellas que no nos permitían embarcar. Hay una bolleta de 1.5L de algo que no es leche pero que lo parece. Creo que lo he visto en algún restaurante chino. Alguna idea?




En Sabadell también tienen muy clara la importancia de beber. Hay un sitio o un acontecimiento que se llama Drinkking en el que se promete triunfo.


La publicidad de una agencia de viajes en Gràcia decia algo que sonaba o provocador o estúpido.


Y en el aeropuerto de El Prat ponen comas entre sujeto y verbo, pero no en inglés.


martes, 24 de julio de 2012

Islandia o la imposibilidad de una opinión I





— ¿Qué es lo más te ha gustado de Islandia?


La pregunta es inofensiva, pero te ves incapaz de responder. Siempre puedes recurrir a decir algo obvio, tal o cual volcán, la cascada esa. ¿Pero y si no es verdad?


Además, ¿cómo vas a responder si todavía no te has ido? Claro, hay cosas que te han gustado, pero no puedes predecir qué es lo realmente memorable. Algo trivial podría revalorizarse al pensar en ello y de golpe cobrar importancia al convertirse en una anáfora.


— Bueno, he venido a ver a Fabio, un amigo que vive aquí. Tenia muchas ganas. Pero no sé si soy capaz de responder todavía. A veces no sabes si una película te ha gustado hasta el día siguiente, y me parece que necesitaré un par de días para digerir estos últimos cinco.


La memoria del viaje empieza a sedimentar con el trayecto en autobús que va de la ciudad al aeropuerto. Aquí se da la primera anáfora obvia al reconocer el vehículo y el campo de lava que te había impresionado al llegar y que ahora, visto lo visto, te resulta casi familiar. Te abrochas el cinturón (en Islandia los autocares llevan cinturon) y preparas una respuesta a esa pregunta que, a fin de cuentas, no vas a responder a quien la hizo, sino a ti mismo.


« Nada más llegar a Islandia, como me habían metido miedo con los precios del alcohol, compré un par de botellas de vino de cortesía en el duty free. No conocía ninguna de las marcas así que me decidí a comprar por la etiqueta. Este vino austríaco tenía etiquetas muy bonitas, hechas por una ilustradora islandesa. El vino resultó ser regular, y los precios, alto más altos que los de Dinamarca. 





Llegué a Reykjavic a la una de la mañana, y Fabio me vino a buscar a parada de autobús de delante de una iglesia nueva feísima. Ésta es la luz de esas horas.




— Estos días estoy trabajando con una cosa de unos asfaltos—Fabio es, entre otras cosas, geólogo— y no voy a poder hacer muchas excursiones. Pero Luis, que hizo la carrera conmigo, viene en un par de días y podréis ir juntos. Una amiga nos deja un coche.


Antes de la llegada de Luis, hice, como correspondía a un turista, un viaje organizado en pack con cuatro paradas en lugares de interés: Þingvellir,Gullfoss, Geysir y Kerið.»


Þingvellir (la primera letra se pronuncia como una ceta) es el sitio original del parlamento islandés, fundado en siglo X. No escogieron el sitio por las vistas, sino por la relativa accesibilidad desde los diferentes rincones habitados de Islandia y porque el propietario había sido juzgado culpable de asesinato y las tierras, expropiadas. 




Gullfoss es una doble cascada enorme. Si hacéis click en la foto podéis ver personitas a la izquierda, que dan una idea de la escala.






Geysir es el géiser que dio el nombre al fenómeno. Ahora ya no erupciona pero el géiser Strokkur, de al lado mismito, sí lo hace.






Kerið es un lago de cráter en un volcan inactivo. El color azul brillante se debe a los depósitos de minerales en el fondo.


« Al día siguiente, con la llegada de Luis, fuimos a recoger el coche que nos prestaban. La propietaria del coche es Julia, una médico alemana que trabaja en Selfoss, un pueblo de las afueras. De Selfoss nos fuimos al sur a pillar el ferry hacia las islas Vestman.»




Las islas Vestman están al sur de Islandia. Así se ven desde la costa sur.



«Nos cruzamos, en un puerto que hedía, con un crucero de lujo que se llamaba Le Boreal y, casi seguro, explotaba la imagen corporativa de una empresa de cosméticos. Supongo que uno se dirá a sí  mismo "porque yo lo valgo" cuando se va de vacaciones de crucero.


Heymaey, la única isla habitada del archipiélago, experimentó una erupción volcánica en los setenta que dejó a muchos pescadores sin casa. Los cinco mil habitantes de por aquel entonces fueron evacuados y sólo hubo una baja, un marinero que se asfixió mientras saqueaba una farmacia. »



La masa negra en primer término es el montículo resultante del enfriamiento de la colada de lava. Cuando se dio la erupción, los islandeses consiguieron unas bombas de agua y estuvieron semanas bombeando agua de mar para enfriar la colada y tratar de reducir los destrozos. A pesar de la destrucción de la mitad de la población, consiguieron mantener la configuración del puerto. Si se hubiera destruido la bahía, muchos de los pescadores se habrían quedado sin modo de practicar su oficio. Después de los seis meses que duró la erupción, la isla había ganado dos kilómetros cuadrados de extensión.


Encima del montículo, hay carteles que dicen "esto era la Calle Ancha" o "Aquí vivía tal familia". Hay una casa que quedó medio cubierta por la lava y sobresale del talud.











«El puerto de Heimay está decorado con temática piscatoria. Asi, en lugar de pasos de cebra, hay pasos de bacalao.







Y no sé yo qué me ha gustado. ¿Cómo se forma uno opiniones sobre alto tan absoluto como el paisaje? Las nociones usuales de gracia, simpatía o desagrado no pueden aplicarse. Como mucho puede empatizarse con los pescadores desahuciados por la erupción, pero ante la Islandia geofísica no puede uno más que admirarse de forma poco abstracta. Pero bueno, me quedan un par de días de viaje por repasar. A lo mejor se me ocurre algo.»












sábado, 2 de junio de 2012

Pulgar II: Las ciudades continuas



No me daba tiempo a celebrar mi cumpleaños porque me tenía que ir a Estambul a una conferencia. Suena bonito, pero me apetecía regular. Me aterrorizaba que me diera el primer sol del año, y me daba mucha pereza pasar una semana en un hotel. Con Sigrid y Anders alquilamos un piso, que nos salió mucho más barato que el hotel, aunque sin desayuno, claro está.

Un balcón de cerca de la casa tenía, un lugar de un molinillo de viento o alguna de esas cosas que se ponen para decorar macetas, un pulpo oscilante.



Aquí vemos a Sigrid, extáctica, en el teleférico.



En Estambul hay mucho animal suelto. Este gatete estaba en Santa Sofía, amorrado a un foco, quitándole luz a una Virgen.



Éste dormitaba en un banco.


Y éste se resguardaba del sol a la sombra de un tobogán.



Las fotos de paisajes y de grandes monumentos siempre quedan tristonas con una cámara compacta. Estas sillas están a la disposición de los visitantes en Santa Sofía.





Y esto estaba delante del recinto de la conferencia, cerca de algún edificio militar. Estábamos rodeados de cañones.


Se nota que Turquía es un sitio estratégico. Se ven muchísimos soldados armados, y la normas de seguridad parecen más severas que en otros sitios. Para entrar el Istanbul Modern parecía que estuviéramos entrando en el área 51. El museo está muy bien, la colección permanente vale mucho la pena. Pero como no se pueden sacar fotos, ahí va una de un panel de madera que tenían montado para unos talleres al fresco.



Saliendo del museo acabamos en un barrio no muy fino, lleno de tiendas de cuerdas, cadenas y material para barcos. Se notaba que era un sitio algo chungo no tanto por el mayor número de perros callejeros (que están distribuidos homogéneamente por la superficie de la ciudad) sino porque los que había eran particularmente asquerosos.




La reseña gastronómica es un poco floja. La comida aquí resulta poco sorprendente, porque a lo más típico ya estamos acostumbrados y lo menos típico lleva las mismas verduras que en casa. Además viajar con vegetarianos en un pais con tanta barrera lingüística es un continuose convierte en un ejercicio de exceso de prudencia y de aquí-mejor-no-comer. Y en los restaurantes donde se sirve pescado sólo se sirve pescado, así que no pude hartarme de sardinas como tenía previsto.

En este restaurante cenamos muy bien. Muy majo lo de los troncos de espinaca rehogados.
















Aunque también tengo que reconocer que en cualquier figón estaban buenas las cosas que llevaban berenjena. Y eso es mucho decir, pedir berenjena fuera de casa suele ser un acto de fe, genuina desesperación o ganas de comer esponja o ahogarse en aceite.

La noche antes de irnos compramos tomates e hice gazpacho. Está feo que yo lo diga, pero estaba de ole. O eso, o los guiris se hincharon por cortesía.



Los guiris en cuestión son estos dos. Sigrid cultiva una imagen ibicenca que ofrece un amable contraste con su temperamento análitico y sobrio, aunque tierno. A Anders ya se le ve que nació para ser un residente de la torre de marfil.









































Lo que la foto no muestra es cómo Anders es capaz de llevar zapatos de vestir de color arcilla con calcetines negros de hilo subidos, hieráticos, impertérritamente aferrados a sus pantorillas, con esos pantalones cortos. A mí me llena de admiración la naturalidad con la que asume su ser como guiri terminal. Tampoco es que yo tenga mucha autoridad, viéndome en esa foto, con esta pinta de señuelo para carteristas.














Este globo escapado estaba nostálgicamente pegado a una ventana del techo del aeropuerto el día que nos íbamos. A los delfines les pasan estas cosas en los zoos. Parece que quería volverse a Estambul.


Yo, honestamente, me moría de ganas de irme. Pero aún quedan cosas para decir sobre Estambul, ya que en esta entrega sólo se han comentado cosas concretas, como los gatos, la comida o el teleférico. Y es que esta ciudad tan amiga de cambiar de nombre está efectivamente llena de palabras y de signos.