Mostrando entradas con la etiqueta ciudades invisibles. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ciudades invisibles. Mostrar todas las entradas

miércoles, 13 de junio de 2012

Pulgar III : Las ciudades y los signos

Pero también hay que hablar de la corteza de signos que cubre Estambul, igual que todas las ciudades.

 

Magdalena hizo su presentación en el escenario grande. Aquí la vemos, muy puesta también en esto de los signos, hablando sobre gestos referenciales.



Las señales de los parkings nos hacían hacer chistes malillos sobre el imperio otomano.



En el mismo escenario, una señora con estampado de leopardo había inaugurado la conferencia dos días antes.



Tras una reja, una bandera colgaba sobre un cementerio.



Dos medias lunas adornaban un botiquín.


Y una calavera nos avisaba de que nos haría falta más (o menos) que un botiquín si nos acercábamos a una puerta de metal.



En Santa Sofía, una exposición de caligrafía en la que muchos artistas reinterpretaban el mismo tópico coránico. A éste le añadieron un Cthulhu fhtagn!



Y muy cerca, un seto de los muchos que tienen formas.

sábado, 2 de junio de 2012

Pulgar II: Las ciudades continuas



No me daba tiempo a celebrar mi cumpleaños porque me tenía que ir a Estambul a una conferencia. Suena bonito, pero me apetecía regular. Me aterrorizaba que me diera el primer sol del año, y me daba mucha pereza pasar una semana en un hotel. Con Sigrid y Anders alquilamos un piso, que nos salió mucho más barato que el hotel, aunque sin desayuno, claro está.

Un balcón de cerca de la casa tenía, un lugar de un molinillo de viento o alguna de esas cosas que se ponen para decorar macetas, un pulpo oscilante.



Aquí vemos a Sigrid, extáctica, en el teleférico.



En Estambul hay mucho animal suelto. Este gatete estaba en Santa Sofía, amorrado a un foco, quitándole luz a una Virgen.



Éste dormitaba en un banco.


Y éste se resguardaba del sol a la sombra de un tobogán.



Las fotos de paisajes y de grandes monumentos siempre quedan tristonas con una cámara compacta. Estas sillas están a la disposición de los visitantes en Santa Sofía.





Y esto estaba delante del recinto de la conferencia, cerca de algún edificio militar. Estábamos rodeados de cañones.


Se nota que Turquía es un sitio estratégico. Se ven muchísimos soldados armados, y la normas de seguridad parecen más severas que en otros sitios. Para entrar el Istanbul Modern parecía que estuviéramos entrando en el área 51. El museo está muy bien, la colección permanente vale mucho la pena. Pero como no se pueden sacar fotos, ahí va una de un panel de madera que tenían montado para unos talleres al fresco.



Saliendo del museo acabamos en un barrio no muy fino, lleno de tiendas de cuerdas, cadenas y material para barcos. Se notaba que era un sitio algo chungo no tanto por el mayor número de perros callejeros (que están distribuidos homogéneamente por la superficie de la ciudad) sino porque los que había eran particularmente asquerosos.




La reseña gastronómica es un poco floja. La comida aquí resulta poco sorprendente, porque a lo más típico ya estamos acostumbrados y lo menos típico lleva las mismas verduras que en casa. Además viajar con vegetarianos en un pais con tanta barrera lingüística es un continuose convierte en un ejercicio de exceso de prudencia y de aquí-mejor-no-comer. Y en los restaurantes donde se sirve pescado sólo se sirve pescado, así que no pude hartarme de sardinas como tenía previsto.

En este restaurante cenamos muy bien. Muy majo lo de los troncos de espinaca rehogados.
















Aunque también tengo que reconocer que en cualquier figón estaban buenas las cosas que llevaban berenjena. Y eso es mucho decir, pedir berenjena fuera de casa suele ser un acto de fe, genuina desesperación o ganas de comer esponja o ahogarse en aceite.

La noche antes de irnos compramos tomates e hice gazpacho. Está feo que yo lo diga, pero estaba de ole. O eso, o los guiris se hincharon por cortesía.



Los guiris en cuestión son estos dos. Sigrid cultiva una imagen ibicenca que ofrece un amable contraste con su temperamento análitico y sobrio, aunque tierno. A Anders ya se le ve que nació para ser un residente de la torre de marfil.









































Lo que la foto no muestra es cómo Anders es capaz de llevar zapatos de vestir de color arcilla con calcetines negros de hilo subidos, hieráticos, impertérritamente aferrados a sus pantorillas, con esos pantalones cortos. A mí me llena de admiración la naturalidad con la que asume su ser como guiri terminal. Tampoco es que yo tenga mucha autoridad, viéndome en esa foto, con esta pinta de señuelo para carteristas.














Este globo escapado estaba nostálgicamente pegado a una ventana del techo del aeropuerto el día que nos íbamos. A los delfines les pasan estas cosas en los zoos. Parece que quería volverse a Estambul.


Yo, honestamente, me moría de ganas de irme. Pero aún quedan cosas para decir sobre Estambul, ya que en esta entrega sólo se han comentado cosas concretas, como los gatos, la comida o el teleférico. Y es que esta ciudad tan amiga de cambiar de nombre está efectivamente llena de palabras y de signos.

jueves, 31 de mayo de 2012

Pulgar I: las ciudades y los muertos

Cuando pasan muchas cosas de golpe durante varios días, todo se junta en la memoria como si intentarámos pasar la esquina de una revista pensando que hay una animación definida y sólo viéramos fogonazos de anuncios y articulos inconexos que se nos deslizan por la yema del pulgar.


Pero alguna de las cosas de que han pasado en los últimos diez días son más fáciles de recordar que otras, porque incluso las páginas de la memoria vienen numeradas. El otro día cumplí los treinta, y como no tenía tiempo ni ganas de barrer como para organizar una fiesta en casa, fuimos a tomar a algo a algún sitio con césped. Cumplir años tan cerca del fin de curso (y de Eurovisión) suele dificultarme organizar nada, pero parecía que los treinta eran imperativos de celebrar.

Un poco por chiste, y bastante porque el sitio es bonito, nos reunimos en uno de los mayores cementerios de por aquí, que tiene secciones musulmana, católica, e incluso para los muertos ingleses o alemanes (separados) de la GMII. Justamente en la sección alemana pasamos la tarde. En cada lápida hay dos nombres. Si es un hombre, se lista su oficio (generalmente, su posición en el ejército). Si es una mujer, su nombre a secas.


Curiosamente, no todo son soldados. Hay, en la subsección donde estábamos, casi la misma cantidad (unos cuatro mil) de soldados y de refugiados, que acabaron enterrados juntos, en un gesto de amable indiferencia voluntaria.




Mi modesta contribución al evento fue una caja de vino (seducido en buena medida por la marca y la buena relación cantidad/precio). De hecho cuando un varón cumple los treinta y está soltero en Dinamarca se le llama pebersvend, algo así como mozo de pimienta, que viene de los comerciantes itinerantes de la época hanseática. Hay un cuento de Andersen que se llama El gorro de dormir del corredor de pimienta en español. 

Lo normal es que, en estas circunstancias, a alguien le regalen un molinillo de pimienta (que no recibí, por cierto). Pero he encontrado variantes de este tipo de rito de paso que unifican, de una forma muy danesa en el peor de los sentidos, el cine Dogma más cabrón y los videos de Jackass más idiotas.


Aunque si yo sólo proporcionaba el vino y la excusa, unos cuantos se lucieron en su contribución. Marek, que sabe mucho de ciencia, hizo un pastel que estaba hecho de nueces y calorías en estado puro obtenidas en el CERN. Mis colegas del departamento (Sigrid, Magdalena y Anders) hicieron dos tartas de nata y grosellas con una vela intelectual como la de Susanna en su día. 



Pues eso, que muy bien.
Y con estas cosas se nos va pasando el tiempo.




viernes, 6 de enero de 2012

lujo y carencia


He vuelto de Las Fiestas. Ha sido bonito, emotivo y fácil. Hasta hubo un arcoiris el día que me iba, poco después de fin de año. Y un arcoiris en un sitio tan prosaico como Sabadell tiene el doble de valor.

Una cosa que he notado mucho es que la gente habla en castellano y en catalán. Eso está muy bien y es menos cansado. Jugué al tabú con unos amigos; en castellano y catalán a la vez, lo cual no está bien y es ilegal. Pero la alegría de la lengua materna se veía punteada por el regusto de la crisis. Incluso las paredes escritas nos hablaban de carencia.

El mercado laboral es ahora peor sitio todavía. Quien no tiene trabajo, se aguanta, y quien tiene, se calla cuando le hacen trabajar de más, no vaya a ser. Todo el mundo está exhausto, incluso los libros.

Pero a pesar de la carencia y la extenuación, hay esperanza. Un comercio del Raval, entre prostitutas y guiris acosados por carteristas, nos promete liberación y reparación. Amén.
Y no es que todo sean promesas. También hay buenas cosas nuevas, como este conejo que Miquel y Anna han adoptado. Se llama Vapor.

Vapor no sabe que es comida. Esta piña y este jamón, en diálogo, sí lo saben.

Según me dijo el camarero, éste es el primer café que ponían en el Ámbar el día uno de enero.

Y en la reseña gastronómica, las galletas de jengibre hechas por la madre de Mireia (y decoradas por ella, no por su madre), tan buenas como bonitas. Me parece que la guinda de este año fueron unos garbanzos con acelgas y chorizo en un restaurante de menú. Eso, y una crema de puerros en casa de mis abuelos. A mí la proteína navideña me aburre un poco. Tampoco sería justo que me olvidara del vinillo.

Y después de estos días de sobremesa infinita, la vuelta a casa. Me duelen muy a menudo los oídos al aterrizar. Esta vez me compré unos tapones de silicona y volar fue raro pero agradable. Aquí están mis tapones, una vez sacados. Son como un cortejo de focas translúcidas.

Sin atreverme a decir que se han resuelto zonas erróneas, esta navidad ha sido en cualquier caso mejor que la anterior. En lugar de irme con ganas me he ido con un poco de mecachis. Pero en Copenhague también hay arcoiris.

lunes, 14 de noviembre de 2011

HH a 36,5°C


Hace unos días acabé las clases de danés. La semana que viene subo a teórica, y en un mes o así hago la parte hablada. Para celebrar el fin de las clases, me regalé un fin de semana en Hamburgo, visitando a Daniel. Siendo una visita relámpago tampoco tuve tiempo de ver mucho, y ahora ya se hace oscuro en seguida. Hamburgo tiene puentes y masas de agua, algún parque y autobuses mal equilibrados que se van de lado si el conductor no obliga a la gente a pegarse al lado izquierdo. Hacía bastante más frío que en Copenhague.

Aunque fui al teatro. Llevaba tiempo sin ver tanto lifting y tanta rinoplastia mientras, en el hall, esperaba al inicio de la obra, que estuvo bastante bien. Y como la cirugía plástica da hambre, me comí una hamburguesa al salir. Parece que en Hamburgo lo de la hamburguesa no tiene demasiada tradición, que el término es una cosa gringa. Pero la legimitidad de la experiencia importa poco cuando la experiencia en cuestión lleva tres lonchas de bacón gruesas como cinturones.


Pero lo más relevante del viaje ha sido el viaje en sí. Vamos, el tren. A la ida tuve cuatro horas de retraso porque un puente entre dos islas parece estar escacharrado y me metieron por otra ruta. Establecí una de esas amistades de viajante con una chica alemana que vive en Copenhague desde años e iba a Bremen al cumpleaños de su madre. La chica estaba en los treintaimedios, se veía que era una jevi encubierta (chaqueta negra de piel algo larga, joyería de acero, un cierto corte de pelo) y trabaja en el Ministerio de Transporte y estaba que trinaba. "Yo no estoy con lo de ferrovías, pero me van a oír el lunes cuando llegue a la oficina!". Estuvimos hablando de muchas cosas; su vida en la administración pública, los cambios con el nuevo gobierno, cierta saga contemporánea de literatura fantástica, y un exnovio suyo que sólo tenía un disco en casa, el The Number of the Beast, de Iron Maiden.

Al volver, esta vez sólo con dos horas de retraso, compartí mesa con una señora setentona de Colonia, ricachona y picaronamente extrovertida, que me metió en un sainete sin darme yo cuenta:

- Perdone - le dije al golpearle el pie accidentalmente al dejar la mochila en el suelo.
- Si usted cree que va a tontear conmigo de esta manera se equivoca, joven.
- Vaya, tan obvio he sido?
- Una tiene sus kilómetros y no se acalora así como si nada, pero que sepa que con sus avances me doy por aludida.

Me estuvo explicando que había estado hacía poco en Cádiz, y que le había hecho muy mal tiempo, que le parecía bien que se prohibieran las corridas de toros, que vivía por Lübeck, que era coleccionista de arte ("Tengo un rincón de temática africana en una de mis casas y me he comprado un cuadro con muchas zebras!"), que había estado en el ejército de secretaria (calculo que en los sesenta) y que claro, le gustaban mucho Gáudi y Dáli (más allá de Alsacia la 'a' se vuelve tónica).

También me dio bombones que sacó de su bolso plateado mate, y me dijo que era atea, pero que tiraba las cartas. Y que desde niña había tenido sueños proféticos, pero que su madre le dijo que se los guardara para ella y no los fuera diciendo, porque si sus profecías se cumplían para mal, la culparían de las desdichas que acontecieran. Antes de que se bajara, le pregunté cómo se llamaba, y me dijo que Hildegard. Y yo, que también soy ateo y no creo en la reencarnación, di un respingo.


En el ferry me encontré con unos amigos alemanes con los que iba a la ya finita clase de danés. Otro de los pasajeros, un chaval danés con demasiado flequillo, acarreaba una cornamenta de ciervo. Por la mañana, Verónica le ha sacado fotos al naranjo miniatura que hay en casa, regalado por mi compañero del trabajo Anders, que ahora está floreciendo. El naranjo, digo, no Anders. Anders está en Australia.

lunes, 16 de mayo de 2011

confusión en el Báltico

Los países bálticos son, a pesar de los clichés que puedan tenerse, lugares seguros y pacíficos, donde la gente es amable y se come mucho y bien. Hablan poco inglés, pero uno no se siente como si estuviera en la Guerra Fría. Estos países, no obstante, esconden un peligro importante para sus visitantes; el de no saber exactamente a cuál de los tres se dirige uno y si ha comprado los billetes de avión para el sitio que toca.

Uno llega a Letonia y no deja de preguntarse si no tendría que estar en Lituania o en Estonia. Atiende a la conferencia, presenta su trabajo y se interesa por el del resto—parece que el tema de la conferencia casa aceptablemente con la línea de investigación que le ocupa—estrecha un par de manos, hace la maleta de nuevo y se embarca de vuelta a casa, albergando todavía la duda de si ha ido al sitio que es, si no está quedando mal en otra conferencia más al norte o más al oeste donde su artículo sí venía más a cuento.

Incluso los propios ciudadanos bálticos sufren esta confusión. En la Universidad de Riga se curan en salud usando las banderas de los tres países bálticos en la decoración, por si acaso; no fuera a ser que en realidad son lituanos y tuvieran que ponerse a reimprimir mapas, reemplazar símbolos, aprender otro himno, fingir otro acento y tomar como propios nuevos mitos de grandeza nacional.


Riga, o al menos el centro de Riga, es un sitio precioso. La Unesco, que sabe mucho de esto, les ha declarado Patrimonio de la Humanidad todo el tinglado.

No obstante, no tiene el lujo-terror soviético de angulos rectos, columnas y cemento que uno se espera. Riga perteneció a la Liga Hanseática, al Imperio Sueco y al Sacro Imperio Romano, y aunque finalmente fue tomada por el ejército rojo, no padeció desperfectos graves durante la IIGM. La cantidad de art nouveau hace que todo resulte familiarmente europeo, de hecho durante la época soviética rodaban en Riga las escenas de las películas que pasaban al otro lado del Telón. Lo más exótico era que hacían el café de la conferencia en samovar.

Anders bromeaba sobre la posibilidad de alternar ciencia con lecturas de posos de café. Estuvo de peor humor al irnos a comer. Sin tener que mirar el fondo de la taza, me imaginaba que él tendría problemas para comer vegetarianamente.

Los vegetarianos lo pasan mal fuera de tres o cuatro países. En realidad los vegetarianos lo pasan mal porque es el rollo que se traen, es su gracia. Anders se pilló un puteo importante cuando sacó una rodaja de costilla de cerdo del bol de estofado de col que había pedido tratando de entenderse con una camarera que no hablaba mucho inglés y decía que sí a todo, a la china.

El primer día comimos en un sitio de Hare Krishnas, unas espinacas y sémola con salsa de tomate. A eso le siguió, durante los cuatro días de estancia una buena cantidad de comida más bien contundente: sopa de verdura, pescado blanco servido sobre trigo hervido (en la cena de la conferencia en un restaurante medieval tela de kitsch), hueva de trucha en pan negro, crêpes con salmón, sushi cutre para llevar, estofado de cordero con arroz, pato con hinojo y calabacín, arenques, ensalada de patata y un merengue un poco raro. Luego me sorprende que me esté poniendo fanegas.

Me quedé colgado en durante la última noche de mi estancia porque mis compañeros volaban por la tarde, y yo por la mañana del día siguiente. Por suerte me di cuenta de que los Swans, a quienes no había podido ir a ver en Copenhague, tocaban en Riga precisamente esa noche. Les fui a ver por mi cuenta (aunque terminé coincidiendo con un sintactista sueco con los zapatos calados por culpa de la lluvia). El concierto fue en el palacio de cultura de la compañía eléctrica, un edificio con voluntad neoclásica construido en la época soviética.


A la vuelta, llovía también en Copenhague. Puse una lavadora y me fui a ver Eurovisión a una fiesta de unos compañeros de clase de danés. Había hasta un cura francés que atendía una parroquia francófona. Me dijo, de hecho, que hay misas católicas en castellano a dos pasos de casa, y que el cura es catalán. Tendría que haberlo sabido antes y haber llevado a mis abuelos.


No me importaría buscar un pretexto para volver a Riga. Tendría que haberme llevado una rosa de arenques como la de arriba.