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domingo, 12 de junio de 2011
braille, esperanto e higos que no son higos
El cálido y bendito verano del que hablaba Andersen parece consistir en un abanico estrecho de opciones climáticas que oscilan entre un bochorno tibio como de tarde en la piscina y un biruji para llevar rebequita, con chubascos ocasionales. Lo más característico es sin duda la luz, una luz blanca que viene de todos lados y convierte las salidas para airearse en domingos de resaca en paseos hiperrealistas donde todo es algo raro, como las fotos de los calendarios o las marcas de vasos húmedos en las mesas de vidrio.
Me he obligado a salir de casa prometiéndome un café si llegaba a la pinacoteca nacional. He llegado y me he tomado los dos tercios de café que he conseguido no tirar al suelo del bar del museo. Han vuelto a abrir la exposición permanente de arte danés y nórdico e.g. del s. XVIII en adelantem, que es el plato fuerte del museo. Ha valido la pena entrar a curiosear aunque no tuviera muchas ganas de andar porque han reorganizado las secciones y han puesto obras que no había visto, como un cuadro precioso de un tal Ejnar Nielsen de una chica ciega leyendo un libro en braille y una marina nocturna de Friedrich. También he visto a una pareja de turistas chinos pedirle un autógrafo a Pierce Brosnan, que se lo ha firmado muy campechanamente. Estará de vacaciones porque iba sin teñir. En persona y con esas canas, parece el Julio Iglesias de una realidad alternativa. También hay una sección nueva de arte francés del s. XX, bastante marujil.
Me he encaminado a por algo de comer, y por la calle, he visto lo que pensaba que era una urraca comiéndose un higo o cualquier fruta borde de árbol de carretera que fuera blanda, oscura por fuera y roja por dentro. Ha levantado el vuelo al acercarme y he visto que se trataba de un polluelo crecidito y desventrado, tal vez de paloma. Me he quedado perplejo, doblado en ángulo recto, mirando durante varios segundos al polluelo o lo que quedaba de él. Una turista me ha mirado con lo que he imaginado que era diversión y aprensión simultáneas, y yo he titubeado, fingido no darme cuenta y proseguido hacia la pizzería. Por la calle había muchos carteles de cursos de esperanto.
La pizzería en cuestión es un sitio regentado por italianos, que también son hiperrealistas. Parecen italianos como sacados de un chiste: uno calvo, cachas-gordo ,con perilla y delantal blanco, uno pequeño y nervudo con tatuajes talegueros y dientes serrados, él último alto y atlético con melena ondulada y aceitada hacia atrás y un aire agitanado, con cadena al cuello y camiseta negra de canalé, todos tremendamente kinkis y vocingleros. Les dicen cosas subidas de tono a las chicas con un danés en el que parece que se fuerzan a hablar con más acento del que tienen. Se come barato y rico, tengo que ir más.
Mi pizza de champiñones y yo nos hemos ido al parque a que uno se comiera a la otra. Me he sentado en un banco frente al lago y ha aparecido una yanki turista pelirroja que parecía Mia Farrow tanto por el aspecto como por la forma de hablar y ha iniciado una conversación (a pesar de que yo estaba con los cascos puestos escuchando Pau Riba) conmigo, que ha desembocado en la-conversación-de-siempre:
- Bla bla bla.
- Bla bla bla.
- Ah, pues no pareces español. Pensaba que serías de aquí.
- Ya. En realidad me deportaron porque no pertenecía a la raza. Estoy exiliado.
La chica me ha mirado con el estupor triste de cuando te enteras de que se ha muerto alguien muy joven. Le he tenido que explicar que era un chiste y que lo sentía, que no parecía haber funcionado muy bien. Se ha ido con unos rusos con los que viajaba. Yo he tirado un trozo de borde de pizza a una paloma y un gorrión muy vivaracho se lo ha robado driblando con agilidad mientras la paloma, más torpe y pesada, trataba en vano de recuperarlo.
He sacudido la cabeza y he pensado que estaban siendo unas tres horas rarísimas. He vuelto a casa y me voy a volver a acostar en nada. La culpa es de la luz, de Pau Riba y de las canas de Pierce Brosnan.
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domingo, 7 de noviembre de 2010
Cerveza, cánon, concierto
Es muy jodido ser una planta de interior, hay que tratar de ventilarse. Si no se hace, acaba uno así de pocho.

El otro día hice de tripas corazón de verdad de la buena, y vi la vuelta del Barça-Copenhague de la Champions en un bar. Y más me valdría haberme quedado en casa, porque fue un tostón de partido, no sólo porque el fútbol me aburre, sino porque parecía que tuvieran el empate como objetivo, cosa que no es fácil del todo. ¿Habéis intentado perder al tres en raya con todas vuestras fuerzas?
Pero no sólo de mal balompié vive el hombre. Como los protestantes no tienen fiestas patronales, tienen que inventárselas. Y una de ellas recoge la necesidad atávica de celebrar la cosecha(lo que nosotros hacemos en la Castanyada y en muchas fiestas mayores) y la convierte en una fiesta comercial propiedad de una marca registrada: El Día-J, o día en el que se lanza al mercado la cerveza de navidad (una receta algo más amarga) de la cervecera Tuborg. A pesar de la vaga resonancia a la segunda guerra mundial, es una simple excusa (o incentivo) para empinar el codo. La cerveza de navidad viene en un envase personalizado que ríete tú de las botellas de aluminio diseñadas por Custo para Damm.
Como se puede ver, el azul es el color corporativo de este producto, y la propia empresa proporciona a los bares muchachas sexis vestidas de Mama Noël que lucen muslo e identidad de marca.
Al margen de cosas étnicas (mis compañeros de trabajo daneses se descojonan cuando catalogo de étnicas cosas como el Día J o el pan de centeno, pero el problema lo tienen ellos al tenerse como cultura de referencia, animalicos), y aunque he tenido mis mases y mis menos con la administración (ya haré un monográfico cuando estén todos mis papeles resueltos porque estoy que trino), he de confesar que aquí se vive bien. Para muestra, una parada de autobús.
Hoy parecía una tregua de buen tiempo en lo que se nos va a venir encima, así que he pasado el día fuera de casa paseando. He salido a Ørstedsparken a dar una vuelta y a sacar fotografías que han sido tomadas cientos de veces antes.
Pero a fin de cuentas, era la primera vez que yo las tomaba.

¡Y qué narices! Bien bonito que es el parque.

No es muy grande, y después de recorrerlo en sentido horario y después antihorario, me he sentado en un bar a tomar un café y terminarme el libro que andaba leyendo. Me traje de casa un recopilatorio de cuentos de Borges, para darle una segunda oportunidad a este señor que tanto tendría que gustarme pero que no me acaba de emocionar.
Con Borges me pasa como con la langosta, no puedo negarle una calidad intrínseca, pero eso no quiere decir que me apetezca. Las temáticas (bibliotecas infinitas, judaísmo, la inexistencia del tiempo) no pueden no gustarme, y la redacción es impecable, pero me deja insatisfecho. Despues he ido a la gliptoteca a oir un concierto gratuito y he dejado de pensar un buen rato. Mirad, mirad que niña más mona.

Lo siguiente que me toca leer no es ni Woolf ni Mann ni Pla ni ninguna otra cosa listada en un cánon ("Hay que leer a los rusos! Los rusos!", diría Alberto). El mismo Borges dice que "a la realidad le gustan las simetrías y los leves anocronismos", y por eso mismo mis lecturas van a variar sustancialmente en los próximos días porque mañana empiezo clases de danés de nuevo (ocho horas por semana, ahí es nada) y volveré a ponerme a leer tebeos.
En Alemania lo hice, y aprendí mucho vocabulario sobre ciencias ocultas y ufología porque me leí unos cuantos comics de Expediente X. Tengo el diccionario de bolsillo, amenazante y muy a menudo insuficiente, apostado junto a la almohada.
El otro día hice de tripas corazón de verdad de la buena, y vi la vuelta del Barça-Copenhague de la Champions en un bar. Y más me valdría haberme quedado en casa, porque fue un tostón de partido, no sólo porque el fútbol me aburre, sino porque parecía que tuvieran el empate como objetivo, cosa que no es fácil del todo. ¿Habéis intentado perder al tres en raya con todas vuestras fuerzas?
Pero no sólo de mal balompié vive el hombre. Como los protestantes no tienen fiestas patronales, tienen que inventárselas. Y una de ellas recoge la necesidad atávica de celebrar la cosecha(lo que nosotros hacemos en la Castanyada y en muchas fiestas mayores) y la convierte en una fiesta comercial propiedad de una marca registrada: El Día-J, o día en el que se lanza al mercado la cerveza de navidad (una receta algo más amarga) de la cervecera Tuborg. A pesar de la vaga resonancia a la segunda guerra mundial, es una simple excusa (o incentivo) para empinar el codo. La cerveza de navidad viene en un envase personalizado que ríete tú de las botellas de aluminio diseñadas por Custo para Damm.
Al margen de cosas étnicas (mis compañeros de trabajo daneses se descojonan cuando catalogo de étnicas cosas como el Día J o el pan de centeno, pero el problema lo tienen ellos al tenerse como cultura de referencia, animalicos), y aunque he tenido mis mases y mis menos con la administración (ya haré un monográfico cuando estén todos mis papeles resueltos porque estoy que trino), he de confesar que aquí se vive bien. Para muestra, una parada de autobús.
¡Y qué narices! Bien bonito que es el parque.
No es muy grande, y después de recorrerlo en sentido horario y después antihorario, me he sentado en un bar a tomar un café y terminarme el libro que andaba leyendo. Me traje de casa un recopilatorio de cuentos de Borges, para darle una segunda oportunidad a este señor que tanto tendría que gustarme pero que no me acaba de emocionar.
Con Borges me pasa como con la langosta, no puedo negarle una calidad intrínseca, pero eso no quiere decir que me apetezca. Las temáticas (bibliotecas infinitas, judaísmo, la inexistencia del tiempo) no pueden no gustarme, y la redacción es impecable, pero me deja insatisfecho. Despues he ido a la gliptoteca a oir un concierto gratuito y he dejado de pensar un buen rato. Mirad, mirad que niña más mona.
Lo siguiente que me toca leer no es ni Woolf ni Mann ni Pla ni ninguna otra cosa listada en un cánon ("Hay que leer a los rusos! Los rusos!", diría Alberto). El mismo Borges dice que "a la realidad le gustan las simetrías y los leves anocronismos", y por eso mismo mis lecturas van a variar sustancialmente en los próximos días porque mañana empiezo clases de danés de nuevo (ocho horas por semana, ahí es nada) y volveré a ponerme a leer tebeos.
En Alemania lo hice, y aprendí mucho vocabulario sobre ciencias ocultas y ufología porque me leí unos cuantos comics de Expediente X. Tengo el diccionario de bolsillo, amenazante y muy a menudo insuficiente, apostado junto a la almohada.
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