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miércoles, 13 de agosto de 2014

"¿Les interesan los abanicos?"

He estado un mes en la península ibérica. Tuve que ir a Lisboa por trabajo y me lo hice venir para extender las escalas en Barcelona.


En casa, como siempre, hay conejo.


Esta vez hubo hasta torrijas.


También cosas museísticas.



Y ladrillos.


Incluso gatetes.





Toni y Nereida se casaron y estuve en su boda.



Y después me fui a Lisboa. Lisboa es tan bonita y cochambrosa como me esperaba.


En realidad hay bastante de lo que uno se espera.

Y alguna cosa inesperada de la lengua portuguesa.



Parece que hay muchos expendedores de servilletas de papel de formas curiosas. 


Este ejemplar tenía ruedas móviles.



En Portugal se ve que también hay museos.






Encontré varios lavabos de caballeros con bidet.


Y una bandera danesa subliminal me recordó que ya se había acabado el jolgorio y que había que ir volviendo.


viernes, 6 de enero de 2012

lujo y carencia


He vuelto de Las Fiestas. Ha sido bonito, emotivo y fácil. Hasta hubo un arcoiris el día que me iba, poco después de fin de año. Y un arcoiris en un sitio tan prosaico como Sabadell tiene el doble de valor.

Una cosa que he notado mucho es que la gente habla en castellano y en catalán. Eso está muy bien y es menos cansado. Jugué al tabú con unos amigos; en castellano y catalán a la vez, lo cual no está bien y es ilegal. Pero la alegría de la lengua materna se veía punteada por el regusto de la crisis. Incluso las paredes escritas nos hablaban de carencia.

El mercado laboral es ahora peor sitio todavía. Quien no tiene trabajo, se aguanta, y quien tiene, se calla cuando le hacen trabajar de más, no vaya a ser. Todo el mundo está exhausto, incluso los libros.

Pero a pesar de la carencia y la extenuación, hay esperanza. Un comercio del Raval, entre prostitutas y guiris acosados por carteristas, nos promete liberación y reparación. Amén.
Y no es que todo sean promesas. También hay buenas cosas nuevas, como este conejo que Miquel y Anna han adoptado. Se llama Vapor.

Vapor no sabe que es comida. Esta piña y este jamón, en diálogo, sí lo saben.

Según me dijo el camarero, éste es el primer café que ponían en el Ámbar el día uno de enero.

Y en la reseña gastronómica, las galletas de jengibre hechas por la madre de Mireia (y decoradas por ella, no por su madre), tan buenas como bonitas. Me parece que la guinda de este año fueron unos garbanzos con acelgas y chorizo en un restaurante de menú. Eso, y una crema de puerros en casa de mis abuelos. A mí la proteína navideña me aburre un poco. Tampoco sería justo que me olvidara del vinillo.

Y después de estos días de sobremesa infinita, la vuelta a casa. Me duelen muy a menudo los oídos al aterrizar. Esta vez me compré unos tapones de silicona y volar fue raro pero agradable. Aquí están mis tapones, una vez sacados. Son como un cortejo de focas translúcidas.

Sin atreverme a decir que se han resuelto zonas erróneas, esta navidad ha sido en cualquier caso mejor que la anterior. En lugar de irme con ganas me he ido con un poco de mecachis. Pero en Copenhague también hay arcoiris.

domingo, 12 de junio de 2011

braille, esperanto e higos que no son higos



El cálido y bendito verano del que hablaba Andersen parece consistir en un abanico estrecho de opciones climáticas que oscilan entre un bochorno tibio como de tarde en la piscina y un biruji para llevar rebequita, con chubascos ocasionales. Lo más característico es sin duda la luz, una luz blanca que viene de todos lados y convierte las salidas para airearse en domingos de resaca en paseos hiperrealistas donde todo es algo raro, como las fotos de los calendarios o las marcas de vasos húmedos en las mesas de vidrio.

Me he obligado a salir de casa prometiéndome un café si llegaba a la pinacoteca nacional. He llegado y me he tomado los dos tercios de café que he conseguido no tirar al suelo del bar del museo. Han vuelto a abrir la exposición permanente de arte danés y nórdico e.g. del s. XVIII en adelantem, que es el plato fuerte del museo. Ha valido la pena entrar a curiosear aunque no tuviera muchas ganas de andar porque han reorganizado las secciones y han puesto obras que no había visto, como un cuadro precioso de un tal Ejnar Nielsen de una chica ciega leyendo un libro en braille y una marina nocturna de Friedrich. También he visto a una pareja de turistas chinos pedirle un autógrafo a Pierce Brosnan, que se lo ha firmado muy campechanamente. Estará de vacaciones porque iba sin teñir. En persona y con esas canas, parece el Julio Iglesias de una realidad alternativa. También hay una sección nueva de arte francés del s. XX, bastante marujil.

Me he encaminado a por algo de comer, y por la calle, he visto lo que pensaba que era una urraca comiéndose un higo o cualquier fruta borde de árbol de carretera que fuera blanda, oscura por fuera y roja por dentro. Ha levantado el vuelo al acercarme y he visto que se trataba de un polluelo crecidito y desventrado, tal vez de paloma. Me he quedado perplejo, doblado en ángulo recto, mirando durante varios segundos al polluelo o lo que quedaba de él. Una turista me ha mirado con lo que he imaginado que era diversión y aprensión simultáneas, y yo he titubeado, fingido no darme cuenta y proseguido hacia la pizzería. Por la calle había muchos carteles de cursos de esperanto.

Fig 1. Los higos tienen este aspecto.


La pizzería en cuestión es un sitio regentado por italianos, que también son hiperrealistas. Parecen italianos como sacados de un chiste: uno calvo, cachas-gordo ,con perilla y delantal blanco, uno pequeño y nervudo con tatuajes talegueros y dientes serrados, él último alto y atlético con melena ondulada y aceitada hacia atrás y un aire agitanado, con cadena al cuello y camiseta negra de canalé, todos tremendamente kinkis y vocingleros. Les dicen cosas subidas de tono a las chicas con un danés en el que parece que se fuerzan a hablar con más acento del que tienen. Se come barato y rico, tengo que ir más.

Mi pizza de champiñones y yo nos hemos ido al parque a que uno se comiera a la otra. Me he sentado en un banco frente al lago y ha aparecido una yanki turista pelirroja que parecía Mia Farrow tanto por el aspecto como por la forma de hablar y ha iniciado una conversación (a pesar de que yo estaba con los cascos puestos escuchando Pau Riba) conmigo, que ha desembocado en la-conversación-de-siempre:


- Bla bla bla.
- Bla bla bla.
- Ah, pues no pareces español. Pensaba que serías de aquí.
- Ya. En realidad me deportaron porque no pertenecía a la raza. Estoy exiliado.


La chica me ha mirado con el estupor triste de cuando te enteras de que se ha muerto alguien muy joven. Le he tenido que explicar que era un chiste y que lo sentía, que no parecía haber funcionado muy bien. Se ha ido con unos rusos con los que viajaba. Yo he tirado un trozo de borde de pizza a una paloma y un gorrión muy vivaracho se lo ha robado driblando con agilidad mientras la paloma, más torpe y pesada, trataba en vano de recuperarlo.

He sacudido la cabeza y he pensado que estaban siendo unas tres horas rarísimas. He vuelto a casa y me voy a volver a acostar en nada. La culpa es de la luz, de Pau Riba y de las canas de Pierce Brosnan.

lunes, 16 de mayo de 2011

confusión en el Báltico

Los países bálticos son, a pesar de los clichés que puedan tenerse, lugares seguros y pacíficos, donde la gente es amable y se come mucho y bien. Hablan poco inglés, pero uno no se siente como si estuviera en la Guerra Fría. Estos países, no obstante, esconden un peligro importante para sus visitantes; el de no saber exactamente a cuál de los tres se dirige uno y si ha comprado los billetes de avión para el sitio que toca.

Uno llega a Letonia y no deja de preguntarse si no tendría que estar en Lituania o en Estonia. Atiende a la conferencia, presenta su trabajo y se interesa por el del resto—parece que el tema de la conferencia casa aceptablemente con la línea de investigación que le ocupa—estrecha un par de manos, hace la maleta de nuevo y se embarca de vuelta a casa, albergando todavía la duda de si ha ido al sitio que es, si no está quedando mal en otra conferencia más al norte o más al oeste donde su artículo sí venía más a cuento.

Incluso los propios ciudadanos bálticos sufren esta confusión. En la Universidad de Riga se curan en salud usando las banderas de los tres países bálticos en la decoración, por si acaso; no fuera a ser que en realidad son lituanos y tuvieran que ponerse a reimprimir mapas, reemplazar símbolos, aprender otro himno, fingir otro acento y tomar como propios nuevos mitos de grandeza nacional.


Riga, o al menos el centro de Riga, es un sitio precioso. La Unesco, que sabe mucho de esto, les ha declarado Patrimonio de la Humanidad todo el tinglado.

No obstante, no tiene el lujo-terror soviético de angulos rectos, columnas y cemento que uno se espera. Riga perteneció a la Liga Hanseática, al Imperio Sueco y al Sacro Imperio Romano, y aunque finalmente fue tomada por el ejército rojo, no padeció desperfectos graves durante la IIGM. La cantidad de art nouveau hace que todo resulte familiarmente europeo, de hecho durante la época soviética rodaban en Riga las escenas de las películas que pasaban al otro lado del Telón. Lo más exótico era que hacían el café de la conferencia en samovar.

Anders bromeaba sobre la posibilidad de alternar ciencia con lecturas de posos de café. Estuvo de peor humor al irnos a comer. Sin tener que mirar el fondo de la taza, me imaginaba que él tendría problemas para comer vegetarianamente.

Los vegetarianos lo pasan mal fuera de tres o cuatro países. En realidad los vegetarianos lo pasan mal porque es el rollo que se traen, es su gracia. Anders se pilló un puteo importante cuando sacó una rodaja de costilla de cerdo del bol de estofado de col que había pedido tratando de entenderse con una camarera que no hablaba mucho inglés y decía que sí a todo, a la china.

El primer día comimos en un sitio de Hare Krishnas, unas espinacas y sémola con salsa de tomate. A eso le siguió, durante los cuatro días de estancia una buena cantidad de comida más bien contundente: sopa de verdura, pescado blanco servido sobre trigo hervido (en la cena de la conferencia en un restaurante medieval tela de kitsch), hueva de trucha en pan negro, crêpes con salmón, sushi cutre para llevar, estofado de cordero con arroz, pato con hinojo y calabacín, arenques, ensalada de patata y un merengue un poco raro. Luego me sorprende que me esté poniendo fanegas.

Me quedé colgado en durante la última noche de mi estancia porque mis compañeros volaban por la tarde, y yo por la mañana del día siguiente. Por suerte me di cuenta de que los Swans, a quienes no había podido ir a ver en Copenhague, tocaban en Riga precisamente esa noche. Les fui a ver por mi cuenta (aunque terminé coincidiendo con un sintactista sueco con los zapatos calados por culpa de la lluvia). El concierto fue en el palacio de cultura de la compañía eléctrica, un edificio con voluntad neoclásica construido en la época soviética.


A la vuelta, llovía también en Copenhague. Puse una lavadora y me fui a ver Eurovisión a una fiesta de unos compañeros de clase de danés. Había hasta un cura francés que atendía una parroquia francófona. Me dijo, de hecho, que hay misas católicas en castellano a dos pasos de casa, y que el cura es catalán. Tendría que haberlo sabido antes y haber llevado a mis abuelos.


No me importaría buscar un pretexto para volver a Riga. Tendría que haberme llevado una rosa de arenques como la de arriba.

martes, 22 de febrero de 2011

Viernes

Tres horas de clase, y yo con este sueño. Pude dar la primera hora de clase sin ponerme particularmente nervioso, les di unos papelitos para que trataran de hacer a mano lo que hacemos a máquina y explicaran qué pasos habían seguido.

Tuvimos un descanso a los cincuenta minutos o así. El profe que lleva la asignatura tuvo la amabilidad de traerme un café largo en un vaso de porexpán, así que, en la segunda hora, justamente en el momento en que explicaba la parte más complicada de una cosa dificililla, le di un codazo al vaso y tres cuartos del café largo ( y tres cuartos de largo sigue siendo bastante largo) se desparramaron sobre mis apuntes. Sin tocar, eso sí, el ordenador.

Un alumno trajo papel higiénico y contuvimos la catástrofe, mientras la seguridad acumulada por la anterior hora y media se venía abajo. Reanudé el tema como buenamente pude. Mis alumnos tienen formaciones muy heterogéneas. Estoy seguro de que casi nadie se enteró de nada, por muchos diagramas que hiciera en la pizarra.

Este viernes vuelvo a dar clase, pero el café me lo bebo en casa.