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domingo, 5 de mayo de 2013

Noruega II: Oslo


Después de deambular por la terminal del ferry y de un par de llamadas de teléfono algo confusas, avisté el paraguas plegable de color naranja de Carla. Y con ella y su paraguas, Cristina y José.

Tenía muchas ganas de ir a Oslo desde que me leí Hambre de Knut Hamsum, unos meses antes de irme a vivir a Copenhague. Recuerdo estar desayunando en el Dinopán de Clot y leer cuando el protagonista se inventa una palabra (kuboå) pero todavía no sabe qué significa y decide que no puede significar ni parque de atracciones ni feria de ganado. 

Oslo no ha sido nunca una capital imperial o colonial como Copenhague o Estocolmo lo han sido, y me habían dicho que era esencialmente un villorio de provincias venido a más a causa de los últimos treinta años de desarrollo económico por la industria petroquímica. Se conoce que hasta hace una generación los noruegos eran pobres como ratas. Y que hace cuatro generaciones que se constituyeron como estado independente, antes habían sido la Ucrania de Suecia o Dinamarca.

De hecho me habían dicho que Oslo era un sitio feo y cutre. Y preparado para lo peor, me encontré con una ciudad algo eurogenérica (vamos, atlántica) pero en absoluto fea, con ráfagas de edificios ultramodernos ansiosos de convertirse en edificaciones-emblema, algo de lo que las ciudades escandinavas con voluntad de ser ciudades-marca están ávidas.

Uno de esos edificos modernos es el museo Astrup Fearnley, una colección privada que viene a ser como una Ludwig escandinava y algo posterior. En un museo no muy grande tienen una colección permanente con cosas tremendas. Yo desconocía por completo la existencia de este museo, venir fue cosa de mis anfitriones, que habían planificado el día en Oslo estupendamente.


Nada más llegar, no sabía a qué atenerme, como pasa en general cuando uno va a entrar en un museo que no conoce.


Hasta que me rodaron las canicas por el suelo al bajar la escalera y encontrarme con las piezas de Damien Hirst. Cristina y José se sonrieron cuando me vieron con cara de estar entrando en la Fábrica Wonka de Chocolate. "Sin conocerte de nada, sabía que lo ibas a flipar", dijo José.


Y es que no era para menos.


Aquí, mis anfitrionas, de espaldas frente a una de las últimas obras.


Pero no todo ha de ser Damien Hirst. Este cuatro, que parece una adaptación comiquera de un Caravaggio, es de Odd Nerdrum, un noruego que hace cuadros surrealistas con una técnica muy cercana a los maestros holandeses. Él mismo define su arte como figurativo kitsch, lo cual es bastante modesto teniendo en cuenta que el tipo es un puto hacha. Este cuadro en concreto se parece muchísimo al Descenso de la Cruz del cual me compré un póster estando en Roma con los Alonso.


La provocación de presentar a un terrorista como un mártir resulta algo facilona, y casi en la misma línea que hacerse un autorretrato empalmado, como quien escribe Hijoputa en letra caligráfica. Si el chiste ni te ofende ni te hace gracia, lo que queda es la técnica. Y de eso no le falta.

Pero en cualquier caso hacía tiempo que no lo flipaba tanto en una colección de arte contemporáneo.   Con la cuota museística cubierta, nos fuimos al Parque de Vigeland, posiblemente lo único aparte de Munch que se conoce de arte noruego más allá de Escandinavia. Gustav Vigeland hizo un parque con unas doscientas y pico esculturas de granito , de bronce y de hierro forjado. 

La temática de las esculturas representa la clausura o la explosión combinatoria del enigma de la esfinge de Tebas, porque cada pieza es una escena propia de la infancia, la adolescencia, la madurez o la vejez.



Más que un parque bonito para la burguesía elegante, Vigelandsparken parece el legado arqueológico de una cultura sabia y grave, una Mesopotamia nórdica, una de esas sobrias Atlántidas de ciencia ficción.




Tanto a la ciencia ficción como a las grandes civilizaciones perdidas les encantan los monolitos. El parque tiene uno. Aquí se ve de cerca.


Y aquí de lejos, con el cielo amenazante y bañado en esta luz tan oblicua del norte.


Y aquí más de lejos, con nosotros de referencia. Para salir sólo de referencia me parece que Carla, un servidor, Cristina y José estamos muy simpáticos .


domingo, 12 de febrero de 2012

ir, venir, sufrir

Tuve que ir a Barcelona unos días. Como soy catalán y se me junta el llevar y el traer, diré más bien que tuve que venir a Barcelona. Lo malo es que quien me llevaba y me traía (de cabeza) era Spanair.


Ante la imposibilidad de aplazar mis obligaciones y las ganas de escapar del febrero danés, me compré corriendo un vuelo con KLM, con escala, claro está, en Amsterdam. Al salir de Copenhague, como iba bien de tiempo, me puse la máquina de facturación automática en español porque las traducciones farragosas de este tipo de trastos suelen ser divertidas. Lo que encontré fue mucho más serio. Las máquinas de facturación automática saben más detalles de la vida sentimental de uno que la propia almohada. Miren, si no, mi estado civil.


 En el aeropuerto de Amsterdam estuve una hora y pico, que apenas me dio para mirar el escaparate de la tienda de Svarowski y las cosas en la tienda de Miffy. En este aeropuerto hay una zona de relax que ofrece lo mejor del campo, pero en hipoalergénico. Esto es un árbol de moqueta.


Esto en Ethnologue no sale, pero se conoce que el danés y el holandés son las dos lenguas germánicas que compiten por ser la más fea de su familia. Puede que ya me haya acostumbrado al danés, pero madre de Dios! Pensaba que a las azafatas les iba a dar algo cuando nos daban las instrucciones.



Ayer justamente me explicaron que en el himno holandés se sigue honrando al rey de España. Y opino que nosotros tendríamos que devolverles ese honor. Un país que tiene una entidad que se llama Rabobank merece más que simple respeto. En serio, Rabobank.

Al coger el tren en el Prat me encontré con unos tipos muy altos, con una curiosa fisonomía. Eran como personas aquejadas de acondroplasia, pero como de metro noventaipico, y no sabía yo de qué, pero me sonaban. Uno iba de payaso, una chica a su lado iba de pierrot, y otros dos iban de trapecistas. Se veía que la ropa les iba chica.
- Hola, somos tus enanos, mira como nos hemos puesto.

Y es que, lo que faltaba, que puto frío he pasado en casa. Ésta es la vista desde el comedor de casa de mi madre.


Pero lo peor se me viene encima en un rato;  esta noche duermo en Praga porque voy a esto.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Se me lo llevan de las manos

No hay muchos gitanos en Dinamarca, y los que hay suelen ser aves de paso de sureste de Europa. Pero además, los gitanos españoles, más sedentarios que en otros lugares, contribuyen capitalmente a la sociedad vigilando obras y–algo que como niño de barriada me tenía fascinado en mis sábados matutinos paseando con mi abuela Encarna–vendiendo bragas gritando cosas como "venga nena, mira como se estiran! Si por doscientas pesetas la que no lleva bragas es porque no quiere!".

Tuvo que ser precisamente mi tía Encarna, hija de mi abuela Encarna, quien viera el sustituto danés al mercadillo de las gitanas en un escaparate y lo documentara:


Pero es que en el Sur lo tenemos más fácil, es bien sabido que la adversidad climatológica es un espolón en el costado del desarrollo técnico. Aquí hace demasiado frío como para pedirle a nadie que se ponga a ondear bragas en la calle –como dice mi tío, estaba chispeando– y por eso se emplean animatronics. Y ya que los muñecos no gritan, se les pone King Africa de fondo. Puentes entre islas, molinos de viento, diques, pólders y mercadillos de gitanas eléctricos; la ingeniería nórdica nunca deja de asombrarnos.

domingo, 12 de junio de 2011

braille, esperanto e higos que no son higos



El cálido y bendito verano del que hablaba Andersen parece consistir en un abanico estrecho de opciones climáticas que oscilan entre un bochorno tibio como de tarde en la piscina y un biruji para llevar rebequita, con chubascos ocasionales. Lo más característico es sin duda la luz, una luz blanca que viene de todos lados y convierte las salidas para airearse en domingos de resaca en paseos hiperrealistas donde todo es algo raro, como las fotos de los calendarios o las marcas de vasos húmedos en las mesas de vidrio.

Me he obligado a salir de casa prometiéndome un café si llegaba a la pinacoteca nacional. He llegado y me he tomado los dos tercios de café que he conseguido no tirar al suelo del bar del museo. Han vuelto a abrir la exposición permanente de arte danés y nórdico e.g. del s. XVIII en adelantem, que es el plato fuerte del museo. Ha valido la pena entrar a curiosear aunque no tuviera muchas ganas de andar porque han reorganizado las secciones y han puesto obras que no había visto, como un cuadro precioso de un tal Ejnar Nielsen de una chica ciega leyendo un libro en braille y una marina nocturna de Friedrich. También he visto a una pareja de turistas chinos pedirle un autógrafo a Pierce Brosnan, que se lo ha firmado muy campechanamente. Estará de vacaciones porque iba sin teñir. En persona y con esas canas, parece el Julio Iglesias de una realidad alternativa. También hay una sección nueva de arte francés del s. XX, bastante marujil.

Me he encaminado a por algo de comer, y por la calle, he visto lo que pensaba que era una urraca comiéndose un higo o cualquier fruta borde de árbol de carretera que fuera blanda, oscura por fuera y roja por dentro. Ha levantado el vuelo al acercarme y he visto que se trataba de un polluelo crecidito y desventrado, tal vez de paloma. Me he quedado perplejo, doblado en ángulo recto, mirando durante varios segundos al polluelo o lo que quedaba de él. Una turista me ha mirado con lo que he imaginado que era diversión y aprensión simultáneas, y yo he titubeado, fingido no darme cuenta y proseguido hacia la pizzería. Por la calle había muchos carteles de cursos de esperanto.

Fig 1. Los higos tienen este aspecto.


La pizzería en cuestión es un sitio regentado por italianos, que también son hiperrealistas. Parecen italianos como sacados de un chiste: uno calvo, cachas-gordo ,con perilla y delantal blanco, uno pequeño y nervudo con tatuajes talegueros y dientes serrados, él último alto y atlético con melena ondulada y aceitada hacia atrás y un aire agitanado, con cadena al cuello y camiseta negra de canalé, todos tremendamente kinkis y vocingleros. Les dicen cosas subidas de tono a las chicas con un danés en el que parece que se fuerzan a hablar con más acento del que tienen. Se come barato y rico, tengo que ir más.

Mi pizza de champiñones y yo nos hemos ido al parque a que uno se comiera a la otra. Me he sentado en un banco frente al lago y ha aparecido una yanki turista pelirroja que parecía Mia Farrow tanto por el aspecto como por la forma de hablar y ha iniciado una conversación (a pesar de que yo estaba con los cascos puestos escuchando Pau Riba) conmigo, que ha desembocado en la-conversación-de-siempre:


- Bla bla bla.
- Bla bla bla.
- Ah, pues no pareces español. Pensaba que serías de aquí.
- Ya. En realidad me deportaron porque no pertenecía a la raza. Estoy exiliado.


La chica me ha mirado con el estupor triste de cuando te enteras de que se ha muerto alguien muy joven. Le he tenido que explicar que era un chiste y que lo sentía, que no parecía haber funcionado muy bien. Se ha ido con unos rusos con los que viajaba. Yo he tirado un trozo de borde de pizza a una paloma y un gorrión muy vivaracho se lo ha robado driblando con agilidad mientras la paloma, más torpe y pesada, trataba en vano de recuperarlo.

He sacudido la cabeza y he pensado que estaban siendo unas tres horas rarísimas. He vuelto a casa y me voy a volver a acostar en nada. La culpa es de la luz, de Pau Riba y de las canas de Pierce Brosnan.